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Nos vamos juntos: Alejandro Marcovich y Saúl Hernández. REFORMA
JAVIER SORIANO / AFP/Getty Images
Nos vamos juntos: Alejandro Marcovich y Saúl Hernández. REFORMA
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El sueño de ser músico de rock a principios de los años ochenta era como tratar de navegar en un río de aguas turbulentas en sentido contrario y sin remos. Muchos padres de familia se oponían fuertemente a apoyar la vocación musical de sus hijos, de manera que cuando alguno ponía la mirada y sus manos en un instrumento musical la discusión se tornaba más agria: era aún más angustiante cuando se trataba de una guitarra eléctrica que sugería que el rock era el destino al que se dirigía la mente del joven heredero.

Lo sé perfectamente pues me tocó vivirlo en carne propia…

Nunca olvidaré la crisis generada por la devaluación del peso en febrero de 1982 durante el gobierno de José López Portillo. La situación política y económica del país requería dedicarse a profesiones más serias y lucrativas, por lo que considerar la música una carrera no era una buena opción como plan de vida.

La década de los setenta y los diversos acontecimientos que se venían arrastrando desde fines de los sesenta habían silenciado y marginado las voces y las iniciativas musicales de una gran cantidad de mentes creativas.

Dos circunstancias relevantes contribuyeron a este silencio, a esta época de oscurantismo: primero el movimiento de 1968, en el que participaron trabajadores y estudiantes de la UNAM y del IPN, así como intelectuales, amas de casa y profesionistas, que terminó en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.

En segundo lugar, el festival y concierto de Rock y Ruedas en 1971 en Avándaro, Valle de Bravo, en el Estado de México, al que acudieron miles de almas jóvenes deseosas de escuchar rock; la prensa nacional le echó más leña al fuego con comentarios malintencionados como estos: “En la fiesta del libertinaje se reunieron 200 mil personas, 5 toneladas de basura y 2 toneladas de mariguana” (El Heraldo de México, 13 de septiembre); “El paroxismo en su máxima expresión. Más de 100 mil jóvenes y el 90% intoxicado con mariguana y otras drogas” (El Universal, 12 de septiembre); “El negocio del siglo hicieron los vendedores de drogas y alucinógenos en el Rabat de Avándaro, con justa mal alarma de la sociedad” (Jueves de Excélsior, 24 de septiembre).

Éstos fueron los detonantes más importantes que de forma drástica y dramática propiciaron que muchas propuestas musicales pasaran casi inadvertidas.

Las consecuencias inmediatas del llamado primer Woodstock mexicano a principios de los años setenta se hicieron sentir de manera casi inmediata en el espíritu de una generación que descubría en el rock y en su mensaje de libertad un aliciente para sus ideales. De acuerdo con el periodista de la revista México Canta, Federico Rubli, quien cubrió el festival:

La condena del rock mexicano había sido decretada; los escenarios disponibles eran hoyos fonquis, locales que no reunían los requisitos de higiene, seguridad y acústica adecuados para presentar un concierto de manera digna; algunos de los que manejaban esos locales, como Paco Gruexxo, tenían relaciones inconfesables con las autoridades en turno para poder lucrar a costa de los jóvenes. Eran antros como El Herradero, el Salón Chicago, Petunias, donde tocaban Paco Gruexxo y Three Souls in my Mind.

Los verdaderos amantes del género acudirían de manera sigilosa y casi religiosa a escuchar la música que alimentaba su espíritu. Se había propinado un golpe certero y casi mortal a la creatividad y originalidad del rock de manufactura mexicana, y además, debido a la escasa difusión en los medios de comunicación se retrasó en cuando menos una década el desarrollo del rock mexicano como expresión cultural.

Este fragmento corresponde al libro

‘Mi vida en seis cuerdas: Memorias de un Rostro Oculto’, de Arturo Ybarra

, guitarrista de la banda mexicana Rostros Ocultos. El libro es un compilado de historia, fotografías y frases, que sin ser una autobiografía del grupo, es un legado para la historia del rock mexicano.