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Sin lugar a dudas la masacre en la secundaria Marjory Stoneman Douglas en Parkland, Florida, que dejó 17 muertos nos deja consternados a todos, absolutamente a todos.

Este nuevo capítulo en la historia roja de Estados Unidos nos tiene con más dudas que soluciones, y cualquier padre de familia que envía a sus hijos a la escuela cada mañana nos hace sentir preocupados y la angustia cesa al regreso a casa sin ningún contratiempo que lamentar.

Pero la relación entre violencia y deporte no es ajena. A nivel profesional vemos el esfuerzo de autoridades tanto deportivas como gubernamentales en sus tres niveles. Algunos logrando los objetivos trazados más rápidos que otros como, por citar un caso puntual, la mano dura del gobierno británico para erradicar la violencia de los Hooligans no solo de sus estadios, sino fuera de sus fronteras.

Así la lista puede ser interminable, como el fanático que portaba un jersey de los Vaqueros de Dallas apuñalado a las afueras del Candelstick Park en el juego de los 49’s contra Giants en el 2012. O recordar al par de borrachos (padre e hijo) que invadieron el campo de los Medias Blancas para atacar al coach de primera base de los Reales de Kansas City Tom Gamboa, hechos ciertamente aislados pero al fin y al cabo violentos.

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Pero donde más debemos preocuparnos es en nuestro propio patio. Las notas policiacas en Chicago están a la orden del día y si volteamos hacía las ligas locales de fútbol amateur sería fácil evidenciar la negligencia de algunos dirigentes. Por eso se trata de cerrar filas y tomar cartas en el asunto. Esto es serio y la seguridad de familias enteras es responsabilidad de todos, desde los dueños de instalaciones deportivas, dueños de clubes y equipos, entrenadores, árbitros, jugadores, personal voluntario y lo más importante, los padres de familia.

Los propietarios de instalaciones son responsables entre muchas cosas de contar con personal de seguridad profesional altamente capacitado, así como dueños de clubes o equipos son responsables de cumplir con las obligaciones y servicios que ofrecen, entrenadores que a pesar de actuar voluntariamente tengan conocimiento deportivo y de primeros auxilios y, muy importante, que asuman la responsabilidad de saber enseñar. Es ridículo ver como ciertos ‘entrenadores’ saben estirar la mano para cobrar pero a sus jugadores los mantienen en la banca la mayor parte de los juegos “para que aprendan de los compañeros que sí saben”. ¡Vaya disparate!

Los árbitros no son un tema aparte sino crucial. Es válido que todos busquen el pan de cada día, pero uniformarse para cobrar y ofrecer un desempeño mediocre acarrea graves consecuencias dentro y fuera de las canchas, donde muchísimos padres de familia optan por enseñar a sus hijos que las situaciones complicadas se resuelven a mentadas de madre y soltando puños a la menor provocación.

Es tiempo de crear conciencia, no de cumplir sentencia.