La libertad, antes de ser una facultad, una decisión o un derecho, es una condición. El sometimiento disciplinario de una prisión, por ejemplo, constituye el fundamento de la falta de dicha condición en tanto que es un síntoma, un signo y el fundamento del castigo. ¿Qué hay más grave que perder la libertad? Y no hablemos de perder la vida. Quien pierde la vida es el último en sufrirse. Hablo en términos esenciales: la libertad es nuestra posibilidad de ser en el mundo. Si pierdo la condición de ser libre, podría perder la posibilidad de ser. Pero ya sabemos cómo funciona el móvil del castigo, sus implicaciones y todo lo que corta.
Los trabajos forzados, la terapia ocupacional y el organigrama técnico de las prisiones consolidan el espacio carcelario desde el orden, la coacción y el acatamiento. Sin embargo, muy de vez en vez, estar detrás de las rejas no impide que otras libertades emanen. En ocasiones, se puede subvertir el espacio carcelario a través de la creación. La condición de crear arte en la cárcel es un acto revolucionario y transformador. Sylvia Arvizu, escritora, comunicóloga y locutora sonorense, escribió tres libros en prisión. Cuando la conocí me sorprendió el fuego valiente de la condición de su libertad. Ahora, Sylvia ya no habita en una penitenciaría. Es libre también desde sus posibilidades de movilidad. Sin embargo, al salir de esa prisión de rejas materiales, se topó ante otro enclaustramiento: el originado por la pandemia del SARS-CoV-2. Ni qué decir del mundo que siguió su curso durante la condena de 15 años que cumplió el en CERESO femenil 1.

En esta entrevista, Sylvia nos hablará de esas nuevas realidades insertas en la nueva normalidad a la que se enfrenta a diario. También sobre el premio estatal del que se hizo acreedora el pasado 1 de noviembre.
Me siento feliz de encontrarte, ahora, fuera de prisión, porque aunque parezca paradójico, libre siempre has sido. Tal vez la gente no conozca aquella entrevista que publicamos en Tierra Adentro sobre el poder libertario de las letras. En ella hablábamos de tu carrera literaria, de cómo nos conocimos dentro del penal femenil gracias a las clases de escritura creativa que impartí, sobre qué significa para ti escribir desde el encierro, de tus publicaciones y premios, tus procesos de escritura y, sobre “Las celdas rosas”, el primer libro con el que ganaste el Concurso del Libro Sonorense en el género de crónica, y que fue publicado por Nitro/Press en 2018.
Quisiera cambiar un poco aquella dinámica general anterior, y centrarme en lo particular. Hace casi dos años que saliste de prisión, después de cumplir una condena de 15 años. ¿Qué significa para ti salir a un mundo que por la pandemia se encontraba más enclaustrado que nunca?
Yo sabía de antemano que el proceso de reincorporarme sería por demás complicado, pero nunca pensé que sería de tal manera. Yo con aquellas ganas de comerme el mundo y resulta que el mundo estaba en pausa. Yo salgo y el mundo entero se mete. Parecía un mal chiste. Sin embargo, quise tomarlo con filosofía y pensé: bueno, no tengo que aprender yo sola a vivir de nuevo en libertad, aprenderemos todos juntos la mentada “nueva normalidad”. ¡Era una oportunidad de no sentirme ajena ni atrasada…! Todos iríamos al mismo ritmo aprendiendo juntos.

Considerando lo anterior, y teniendo en cuenta los cambios colosales que experimentó el mundo sobre nuevas formas de relacionarse y adelantos tecnológicos, ¿cómo ha sido tu proceso de reinserción?
De locos. Al principio no podía creer cómo sentados a la mesa, todos usaban sus teléfonos y se mandaban o compartían mensajes; luego poco a poco me vi entrando en la misma dinámica, aunque sigo lejos (por mucho) de pasar tanto tiempo en un celular como el resto de la gente, y me maravillé de las grandes ventajas que ofrece este aparatito: es tu banco, tu álbum de fotos, tu agenda, tu periódico, tu estudio de televisión, tu computadora, tu brújula, tu escape y tu refugio. Todo al alcance de un clic. Es increíble cómo estamos todo el tiempo “conectados” y al mismo tiempo tan aislados.
Hace unos días anunciaron que, por segunda ocasión, resultaste acreedora del Concurso del Libro Sonorense, en el género crónica. Ahora con un libro titulado ‘Morir de tiricia y carcelazo’. Todos los premios anteriores que habías recibido fueron dentro del espacio carcelario. ¿Qué significa para ti esta legitimación de tu voz fuera de prisión?
Precisamente eso que mencionas: LEGITIMACIÓN. Mucha gente señaló mi trabajo anterior como premiado por morbo o por lástima, y aunque siempre he pensado que no tengo que probarle nada a nadie, debo confesar que me gusta esta parte de decirle a los otros: lo volví a hacer. Y estoy de este lado ahora. Significa también dar pasos certeros ahora en libertad. Es decir, llega el momento acá afuera en que te sientes sin rumbo, sin estructura, por lo menos yo en todo este tiempo infinidad de veces me he descubierto desorientada, desolada. Como huérfana del Sistema Penitenciario. Entonces este tipo de reconocimientos son el indicativo de que algo estoy haciendo bien. De que tarde que temprano, todo toma su rumbo.
¿Cuáles son los tópicos y motivos principales de tu nuevo libro? ¿Puedes darnos una pequeña reseña?
“Morir de tiricia y carcelazo” habla de dos temas principales que han marcado mi vida: la cárcel y la muerte. De la cárcel escribo a manera de transición, mi transición hacia la libertad; y de la muerte como un fenómeno con el que me encontré muy de cerca (demasiado cerca) al salir. La muerte de mis dos hermanos en menos de un año, la fortaleza de mis padres, la muerte de un ser querido cuando estás en prisión, o la muerte de un hijo cuando recién sales de ésta. En fin, es un libro que duele mucho y que también es homenaje para todos los que no alcanzaron a despedirse y trascendieron de forma trágica. Sobre todo, con esta pandemia que a tanta gente nos ha arrebatado algo.

Como escritoras y escritores, siempre tenemos especial apego por alguna de nuestras obras. ¿Cuál es el libro que más has disfrutado escribir? ¿Cuál de ellos es el que más disfrutas leer? ¿Cuál es tu crónica favorita de ‘Morir de tiricia y carcelazo’?
“Las celdas rosas” es mi consentido. Porque habla de Sylvana y sus primeros años, porque habla de risas con las otras compañeras, porque habla del arte que hicimos dentro. Lo puedo releer sin ganas de cambiarle nada. “Breve azul” no fue escrito para ser publicado, fue más bien mi terapia ocupacional, pero “Las celdas”, lo disfruté, lo saboreé, y mandé al ruedo afuera con una misión, que cumplió a cabalidad.
Mi crónica favorita de “Morir de tiricia…” es… es… no tengo una favorita. Me duelen la mayoría de ellas, pero “La casa de los abuelos” me parece entrañable.
¿Tienes algún nuevo libro en puerta?
No. Pero nunca los he tenido… y así de la nada surgen.
¿Qué tan importante para ti será seguir rescatando, desde la literatura, la voz del espacio penitenciario ahora que ya no lo habitas?
Es más importante que nunca. Porque se los debo. Vivo con la sensación constante de que tengo esa asignatura pendiente: allanarles el camino acá afuera y volver y rescatarlas y rescatarlos (porque también ellos formaron parte de esta etapa de mi vida), no soy de las que piensa en llevarles una despensa y con eso resolverles algo inmediato, creo más bien que hay que ir más allá, ayudar a que, si por lo menos su libertad no llega, a hacerles la vida adentro más amable mientras la esperan.
‘Breve azul’ (2008), ‘Mujeres que matan’ (Nitro/Press, 2013) y ‘Las celdas rosas’ (Nitro/Press, 2018) son tus tres libros publicados. Cada uno de ellos representa parte sustancial de tu vida en el penal. Se sabe que el acto de escritura, cuando se realiza con compromiso y responsabilidad, no puede sino mejorar con el tiempo. ¿Encuentras diferencias transformadoras entre tus libros anteriores y ‘Morir de tiricia y carcelazo’?
La mitad de este libro fue escrito adentro todavía. Los fines de semana que seguí recluyéndome dentro de una celda de castigo porque no tenían donde más ubicarme, escribí las primeras crónicas. Estoy cierta de que no es el lugar en el que se escribieron lo que hace la diferencia, sino mi manera de observar la vida.
Te caracterizas por ser una mujer intuitiva, artística y multidisciplinaria. Sé que además de escribir, también pintas, cantas y actúas. Dicen que las pequeñas felicidades tienen que ver significativamente con las actividades que realizamos y que nos causan placer y suspenden en el tiempo. Es decir, los hobbies nos dan paz. ¿Has tenido tiempo para seguir nutriendo esos espacios de felicidad?
Sí, he pintado un poco. No como quisiera, pero las exigencias laborales acá afuera no dejan mucho espacio “libre”. La cantada ha estado un poco en pausa, porque en casa hay temas de luto y tristeza que tal vez un alarido de mi parte pudiera interpretarse como falta de respeto, entonces pues, en aras de apapacharnos el corazón unos a otros, guardamos silencio a manera de abrazo y comprensión.
¿Qué fue lo primero que hiciste al salir de prisión?
Cruzar la calle de la mano de mis hermanas. Subir los puentes de Hermosillo. Dormir con mi hija. Darle de comer a mi perro, el Willy.
Por último. Cada artista es el reflejo de los artistas que consume. ¿Podrías recomendarnos un libro, una película, una serie y una canción que disfrutes especialmente?
Libro: “Ensayo sobre la ceguera”, de José Saramago, me impacta la genialidad inagotable de este hombre conforme avanza cada capítulo.
Una película que por petición de mi hija acabamos de ver, aunque no es estreno: “The Room”. Narra el hacinamiento de una joven que fue raptada durante años en una especie de cobertizo. Ahí pasó años, fue madre y aprendió a vivir en ese reducido espacio. Está espectacular.
Series, no tengo favoritas, las de narcos me saturan y las biografías de artistas me aburren, tal vez “Breaking Bad”, podría decirse que me mantuvo a la expectativa.
Canciones hay muchas, soy muy ochentera en español, me gusta mucho la música viejita, no podría elegir una, la música en sí me pone de buenas.
Selene Carolina Ramírez es una escritora sonorense. Su línea de trabajo son los estudios literarios con perspectiva de género.




