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Su padre fue un hombre milagroso. Saltillo en 1956; Torreón en 1968; Baja California Sur en 1971; Tamaulipas en 1972; Nuevo León y la Ciudad de México, que en aquel entonces se llamaba Distrito Federal, en 1998. Faltaban fechas, lugares. Su archivo era un desastre, pero se sabía absolutamente capaz de probar ese oficio casi divino de su padre, que había dedicado su vida a hacer llover. Al día siguiente llegaría la comitiva a hablar con él. Después de meses de intentar acercarse lo había logrado. ¿Por qué no había puesto orden al archivo antes? Juraba que lo habían hecho sus hermanos. León lo debió haber hecho. Ricardo sabía de archivos y había estado presente cuando lo de Portes Gil, que ya en retiro visitó uno de los sitios y le entregó a su padre una carta en la que avala sus descubrimientos. Era un pendejo, Portes Gil. O la Cuca, ¿por qué no había ordenado ella ese desastre? Ahora le tocaba a él, a menos de veinticuatro horas de que llegara la comitiva.

Su padre había hecho lluvia. Una vez, nieve. Él tenía un frasco de alguna de esas aguas en la azotea, enterrado en una maceta a la que le había caído alguna de esas aguas. Almacenaba una gran cantidad de parafernalia para su propio oficio casi divino, el de sacerdote oculto, brujo, incluso bruja, a veces. Guardaba piedras, fierros, trozos enteros —pequeños, claro— de calles y banquetas, envolturas, papelitos, botellas, corcholatas, palitos de paleta, zapatos, una cantidad nada despreciable de pantalones revolcados. Muchas cosas. Todo lo que hubiera tenido roce con una persona, cualquier persona, tenía un valor incalculable para él. En ese sentido (y según él en todos los demás) era, de todos los hermanos, el que de verdad se parecía a su padre, Humberto Pescador, el hombre que hacía llover. Su padre había sido ingeniero y había hecho creer al mundo que una máquina de su invención era la que fabricaba las nubes que generosamente servían la lluvia sobre las tierras castigadas por la sequía. Él sabía que no era del todo así. Él sabía que su padre tenía una relación más elevada con el aparato y con las celdas de reflexión que sembraba por cada hectárea en al menos 20,000 km2 (en menor territorio no era posible hacer llover). Más elevada. Íntima. La relación que tiene un filósofo con un espacio vacío. La manera de pensar, con amor y temor, de un místico en las horas espigadas de la noche. Por algo el aparato no había funcionado en años, desde que su papá había abandonado este plano terrenal. Por eso sus hermanos deberían haberse dedicado a ordenar ese archivo, para que, llegado el momento verdadero, él pudiera concentrarse en su propia magia y resucitar la máquina.

La comitiva sabía una sola cosa: era urgente hacer llover. La sequía se había vuelto excepcional e insostenible. Trágica. ¿Por qué se había acabado el agua? Las razones sobraban, ya habían perdido importancia. ¿Y entonces? Dicen que hay un… ¿Un qué? Un señor. Un brujo. Su padre ya lo hizo en los cincuentas aquí, creo que en los noventas también. ¿Qué hizo? Lluvia. ¡Ah, caray! Sí, con una máquina. Ya sé de qué hablas, es puro cuento. Pero su hijo es otra cosa, eso dicen. Y ¿qué podemos perder si todos los demás nos han fallado?

En el año 52, Humberto Pescador estaba y no estaba. Su invento era un fracaso y ya no le daba para más la cabeza. Eso era: esa maquinaria, esas celdas, esos planos, esos cálculos. No había más. No veía por dónde encontrar más. Ya se lo había dicho Carola, su mujer: ni que fueras Dios, Humberto. Él, aunque científico, también era temeroso del Señor. Rara avis. Intuía que las palabras de Carola tenían algo de cierto y, a estas alturas, comenzaba a dudar: ¿tal vez sería más oportuno convencerlo, a Él, de que tiene que caer la lluvia? Pasó semanas en piadosa contemplación de su aparato y de sus planos. Su taller, al fondo del pequeño patio, se volvió su habitación. Carola, aunque estaba embarazada de su primer hijo, lo entendía y ayudaba. Ahí le llevaba los alimentos, que cada vez eran más frugales, y lo acompañaba una o dos horas todos los días en silencio, con las manos cruzadas sobre el vientre, los ojos cerrados. Oraban por la lluvia, por las nubes, por las plantas y por los animales. Pedían misericordia para Su creación. Humberto, después de un sueño en el que una presa se desbordaba de un líquido espeso y amarillo, podrido, decidió dejar de tomar agua. No dejaría de comer, sólo de tomar agua. Los vasos que tenía en su taller, que eran dos, los puso de cabeza. Cuando Carlota lo vio, le dijo: no serás Dios, Beto, pero a lo mejor eres un santo. Que Dios te bendiga.

Carola se alivió en agosto de ese mismo año. Nació Bernardo: le faltaba una mano. Tenía unos deditos chistosos, pequeñitos, que le salían directamente de la muñeca. Se movían y todo. Pero sí, sin duda le faltaba una manita, la derecha. Cuando Humberto lo vio por primera vez sintió una fuerte corazonada que confundió con un Mensaje. Ahí estaba el sacrificio. El aparato tenía que funcionar ahora. La lluvia estaba cerca. Sus plegarias habían sido respondidas.

Bernardo, desde luego, no comprendía a cabalidad la máquina. No como sus hermanos, todos ingenieros y discípulos devotos de su papá. Acompañantes. Socios, de una empresa casi fantasma, pero socios. Él también era ingeniero pero también era deforme, incompleto. Su papá lo mantenía lejos pero había cariño y hasta respeto. Algo de dinero, también. Después de todo, él era el niño que había traído la lluvia. No podía olvidarlo. No debía, le recordaba Carola. Sus hermanos lo detestaban sin más; ellos no tenían idea, no tenían por qué.

Con su papá mantuvo correspondencia siempre. Bernardo le contaba sin recato sobre sus incursiones en el mundo oculto: magia, brujería, sangre, hechizos, amarres, demonios, ceremonias eran palabras que circulaban impúdicas por sus cartas en las que también le hablaba de sus aventuras amorosas y su paulatino devenir filosófico. Su padre le contestaba con informaciones sobre la familia, la pequeña empresa, sus escasas pero atentas lecturas y, sobre todo, la máquina. La lluvia. Cuánta importancia tenía la máquina para ellos dos. Era el sustento de toda la familia y en algunas comunidades era considerada una honda huella del progreso y prolegómeno de esa tecnología que, una vez asentada, cambiaría el rumbo de la vida entera. Sí. Todo eso. Pero para Bernardo y Humberto Pescador la máquina era Madre y fuerza absoluta en un valle sólo habitado por ellos dos.

Cuando Bernardo nació, su deformidad se convirtió, casi inmediatamente, en el amuleto más preciado de Humberto Pescador. Esa especie de flor (“florecita”, decía su madre) que tenía por diestra era acariciada y besada, vestida con capuchitas finas que tejía Carola, aseada cuidadosamente, vaya, adorada, venerada. “Es la prueba de que fuiste escuchado, Beto”. “Pronto nos va a ir bien, muy bien”. Y así fue. Sólo tuvieron que pasar tres años, pero no pasaron ni en vano ni sin complicaciones. Con Bernardito en el taller, Humberto se inflamaba con una seguridad que nunca antes había conocido. Le hizo algunos ajustes a la máquina pero, sobre todo, tenía el propósito de aprender a comunicarse con ella. Dejaba que horas, días y meses pasaran lentamente. Bernardito crecía y se volvía asombrosamente inteligente. Padre e hijo pasaban mucho tiempo con la máquina. El niño aprendió, según sus capacidades, cuál era su propósito y cómo funcionaba, o, mejor dicho, cómo debía funcionar. En él quedó delegada la tarea de rellenar el hueco que faltaba para que la máquina hiciera llover: Bernardo era quien debía enseñar a su papá cómo hablar con la máquina, es decir, cómo hablar con Dios. Lo logró, curiosamente, un día lluvioso del año 55.

Esta extensión de tierra, este lugar salado y seco, este suelo macizo, esta piedra caliente, este cielo inmóvil sin clemencia, esta sangre que se evapora, esa hora, cielo, en la que llegará la canícula a secar lo abandonado hace tanto por las aguas que otros días vieron pasar floridas por este lugar que ahora…

Bernardo, por fin, después de un esfuerzo agotador, encontró el cuaderno que buscaba. El de tapas negras, letras doradas y pocas hojas, por cierto muy delgadas. Qué sutil, pensó. Miró por la ventana hacia el pequeño taller al otro lado del pequeño patio y sonrió, o pensó que sonreía. El taller estaba rodeado de hierba, los marcos de las ventanas estaban herrumbrosos, igual que la puerta. Se volteó para encontrarse de nuevo con la oficina, por lo menos, un poco más ordenada. Ahora sólo le faltaba encontrar la llave del taller. Era, una vez más, un día lluvioso a mediados de verano. Bernardo extendió y contrajo los pequeños dedos de su brazo derecho. Sentía eso que desde hacía muchos años se preguntaba si en realidad había sentido alguna vez. Había empezado por la mañana, quedito, y ahora era ensordecedor: lo que pasaba era que Bernardo escuchaba por medio de esa florecita que tenía en lugar de mano. La primera vez, en el año 55, había escuchado una serie de palabras durante un episodio muy doloroso, febril, al que había sido inducido por su padre con la ayuda de la máquina. Un electrodo había pulsado con ritmos variantes sobre su muñeca derecha durante horas hasta que sobrevino el ataque. Cuando terminó, su padre le pidió que le dictara las palabras que recordaba; las había dicho en voz alta durante el trance y Humberto había anotado la mayoría, pero algunas resultaron ininteligibles a causa de los espasmos. Esas palabras estaban anotadas en el cuaderno de tapas blandas negras y letras doradas. Fue el mismo que su padre usó para todos sus milagros. A él nunca le había pedido más palabras, por lo que se hizo la pregunta más lógica: ¿qué era lo que estaba escuchando ahora? La inminencia de un ataque similar al que había sufrido de niño lo llenó de ansiedad. Bernardo ya era mayor de lo que era su padre cuando se revelaron aquellas palabras. Mucho mayor. Dudaba que su cuerpo aguantara un episodio parecido. Abrió la ventana y respiró profundamente. El olor de la lluvia y el viento frío lo ayudaron a calmarse un poco. Puso el cuaderno de tapas negras y letras doradas sobre un archivero de metal que estaba junto a la ventana y lo abrió. Las hojas eran casi transparentes; ni una sola palabra había resistido el encierro de los últimos años. Bernardo sintió cómo una corriente helada le entraba por el botón de la florecita que ocupaba el lugar de su mano derecha. Prestó atención. Encontró la llave diminuta pegada con cinta en la contratapa de un volumen viejo de termodinámica y salió al taller. En el camino tiró el cuaderno de tapas negras y letras doradas en un bote de basura y cogió una botella de tequila que tenía guardada en la alacena. Bernardo no era bebedor, como sí lo fue su padre; solamente estaba siguiendo instrucciones.

La comitiva partió al encuentro con Bernardo. Tenían la dirección de Humberto Pescador, que en el año 55 había hecho llover sobre esa misma tierra. Aquella vez llegó acompañado de un niño pequeño con una deformidad en el brazo derecho. “Parecía un nopalito”, les dijo una de las más viejas. Era la única seña que tenían para reconocerlo. Detrás de la tarjeta en la que estaba impresa su dirección, Humberto había escrito a mano: “Si yo no estoy busquen a mi hijo: Bernardo Pescador”.

La lluvia era tan densa como la oscuridad de la noche cerrada. La comitiva se dejaba mojar y se preguntaba cómo era posible tanta crueldad del cielo: aquí tanto y allá nada. La casa estaba completamente a oscuras. La calle también. “Toca otra vez”, dijo uno. No pasó mucho tiempo hasta que a través de los cristales vieron encenderse una luz y Bernardo abrió la puerta. “Pasen”, les dijo. Olía a alcohol y estaba tan mojado como ellos. Les pidió seguirlo por un estrecho corredor que rodeaba la casa y llegaba hasta el pequeño patio en donde estaba el taller. Uno de los hombres le señaló al otro la ausencia de mano en la manga derecha del saco de Bernardo. Al llegar al patio, todos en la comitiva se llevaron la solapa de la chamarra a la nariz debido al intenso olor dulzón, inconfundible. Bernardo atravesó el umbral exageradamente iluminado del taller. La comitiva se quedó afuera, pasmada. “Ya va a empezar a llover en su tierra”, les dijo. “Mi papá está seguro de que la máquina funciona. Tómenla y llévenla, por favor. Sólo me resta aclarar, por si no queda claro, que no habrá otra ocasión. Prepárense bien para la próxima sequía o prepárense para cambiar de lugar”.

Bernardo arrastró un poco la máquina para liberarla de la mano derecha del esqueleto de Humberto Pescador, que entonces cayó al suelo y se hizo polvo.