A las doce de la noche Riquel recordó la clase de siete de la mañana en que conoció a Carrasco, y volvió a sentir las mismas ganas irrefrenables por acercarse a sus labios. Tenía al menos tres cubas encima, es cierto, pero a diferencia de la generalidad de sus pedas, cuando todo era de improviso, Riquel no estaba dejándose llevar por la noche. Había un plan, y las cubas eran parte crucial, porque de otra manera jamás le diría a Carrasco que le gustaba.
Riquel llegó al apartamento de Carrasco a eso de las nueve de la noche, después de manejar dos horas desde su casa en Tehuacán. Llegar a Puebla, después de un año de no estar ahí, lo hizo sentir bien. Cada elemento de la ciudad era un viejo conocido de Riquel, visto, además, con la felicidad del vacacionista. El cemento hidráulico, los semáforos, los anuncios de descuentos en Liverpool, la rueda de Puebla, la entrada del Fiesta Americana. Cuando estudiaba en la UDLAP, abrumado por la dificultad de los exámenes, muchas veces sintió que odiaba Puebla, que jamás llegaría a sentirse agusto ahí. Si era posible que fuera feliz sería sólo cuando la licenciatura hubiera terminado, y entonces la ciudad habría sido domada por él. Pero nunca tuvo tiempo para sentirla domada, porque apenas terminó llegaron sus papás con la mudanza a Tehuacán. Ahora se unía la felicidad de viernes por la noche, día de peda en Puebla, con la sensación, por primera vez, de que la dominaba, y que, por tanto, no tenía nada que temer.
Le marcó a Carrasco, que a su vez le habló al guardia, y le indicaron que se estacionara en el primer sótano. Helea no era un viejo conocido de Riquel. Cuando se fue de Puebla apenas estaban terminando de colocar las varillas que delinean las curvaturas del edificio y aún seguían promocionando —según los espectaculares— los últimos departamentos. En otra vida a Riquel le habría gustado vivir en uno, pero estaba fuera de toda consideración, tenía la vida hecha en Tehuacán. Helea, un año después, era el edificio insigne de Puebla. Un monumento. Algo fascinante tiene, pensó Riquel, que no es comparable ni con Adamant, ni con Inxignia, ni con Platea, mucho menos con las torres JV. Algo en su modo giratorio, casi aerodinámico, que a veces parece hélice, a veces tornillo, otras ADN, unas más olas, o puro movimiento, sempiterno.
Carrasco lo esperaba cuando Riquel entró en el sótano con el Tiida de su papá. Riquel tuvo que respirar dos veces profundamente para evitar transpirar la emoción de volver a ver a Carrasco, de saber que iban a quedarse solos, los dos, en su apartamento.
Carrasco lo abrazó efusivamente, lo llevó a dejar su maleta en el apartamento, y le ofreció el tour del edificio. Estaba orgulloso de su vida. Sus papás eran de Cancún, por eso vivía solo en Puebla. Se graduó, junto con Riquel, de derecho, pero a Carrasco siempre le interesó el fútbol. Fracasó como futbolista, así que necesitaba una carrera, mero trámite. Tan pronto como salió encontró trabajo en inteligencia deportiva del Puebla y estaba cumpliendo su sueño. Le enseñó a Riquel el gimnasio nuevo, la cancha de padel, la terraza, el salón para eventos, el spa, la alberca y el parque, como el hombre que, con la compra que acaba de cerrar, también acaba de cerrar su vida. Carrasco no acababa de cerrar nada, apenas le alcanzaba para pagar esa renta y de su salario no ahorraba un peso.
Riquel tomó como excelente señal que Carrasco no le indicara en qué cuarto dejar sus cosas y se apuró a servir la primera cuba. Compró un Zacapa 23, en el que gastó casi toda su quincena, porque era una ocasión especial. “¿Ya no tomas Bacardí, mi rey?”, le preguntó Carrasco burlonamente, y Riquel guiñó un ojo para que Carrasco lo creyera sin tener que mentir. Se ve que en la notaría de papi pagan bien, sentenció Carrasco.
Su padre estaba convencido de que la misión de Riquel era ser abogado, aprender los procedimientos de la notaría, trabajar con él hasta que estuviera listo para dirigirla, encontrar una mujer de su círculo social en Tehuacán, casarse, tener dos hijos, y asegurarse de que alguno repitiera el caminito. Como alguna vez Riquel osó insinuar duda sobre el caminito, su padre le cortó los fondos, se llevó el coche que le dio el primer año de universidad y ahora lo mantenía trabajando horas extra en la notaría con un salario ínfimo para doblegar objeciones. Ese viernes era el primero que Riquel salía de Tehuacán en un año, autorizado luego de comportamiento impecable a ojos de su padre y estrictamente porque era necesario que recogiera un documento de manos de un cliente en Puebla. El sábado a las diez lo tendría en su poder y antes de comer estaría de regreso en casa de sus padres.
Riquel, de familia adinerada, bebía sin ser exquisito. Ron con coca, nada más. Carrasco, en cambio, con menos dinero, sacaba el máximo provecho. Camisa y zapatos Harmont & Blaine, pantalón Hugo Boss, reloj Montblanc. Su nombre estaba demasiado prostituido, así que lo sustituyeron por su apellido. No tomaba una cuba si no era con limón. Riquel las preparó con gusto. Se conocieron en teoría del derecho, con Gómez Herrando, profesor luctuosamente famoso por reprobar a más de la mitad del salón cada semestre. Ambos competitivos, pero Riquel más inteligente y disciplinado, a Carrasco Riquel le parecía insufrible al principio, mientras que Riquel siempre quiso acercársele. Carrasco puso Dakití y esperó sentado en el sillón de su décimo piso a que Riquel trajera las cubas.
Qué tal la vista, chiquito, le dijo Carrasco. Desde ahí se veía la Atlixcáyotl en dirección a Angelópolis, como un ancho río que transporta un caudal significativo de personas entusiasmadas por el fin de semana. Las luces rojas de las calaveras eran risas pequeñas de un tumulto. Salud, respondió Riquel.
“¿Y si le llamamos a ‘El corredor’?”, propuso Carrasco.
Riquel sintió su plan desmoronándose. “El corredor” se llamaba René, un amigo de ambos, también de derecho, bautizado así porque en las pedas universitarias caseras, cuando ya había tomado lo suficiente, le daba por correr alrededor de la fiesta. A Riquel le caía bien, era un buen compañero de peda, pero en ese momento no quería verlo.
Como quieras, respondió Riquel con un esfuerzo para aparentar indiferencia.
Carrasco le marcó, pero afortunadamente lo mandó a buzón.
Después de unas cuatro o cinco cubas, Riquel le preguntaría a Carrasco por las viejas, como parte normal de la plática. Carrasco contaría alguna anécdota (o algunas) pero concluiría que no tenía nada relevante. Entonces Riquel, que siempre le enseñaba cosas nuevas a Carrasco, hablaría con mucha seguridad de la represión sexual en la sociedad mexicana, pero muy particularmente en la poblana, anegada de “mochos” hipócritas que no conocen su cuerpo, son clasistas, homofóbicos e incapaces de entender algo distinto a lo que consideran, en su estenosis mental, costumbres correctas. Lo llevaría al punto de decir que quería experimentar con un hombre, sólo necesitaba alguien dispuesto, como Carrasco. De preferencia un amigo, alguien muy cercano, que no se tome las cosas en serio, dispuesto a probar y ya, seguir adelante como si nada. Quería que Carrasco se sintiera en confianza, que percibiera todo como una confesión de Riquel, pero no dirigida hacia él, sino natural, espontánea, y que Carrasco sintiera que encajaba en la definición de la persona que él buscaba, pero, otra vez, no como la persona indicada, sino como una más de decenas con las que Riquel estaría dispuesto a hacerlo, por probar. Incluso, si lo veía nervioso, juraría que jamás diría nada a nadie y cuánto le repugnaba la idea de una relación seria, para tranquilizarlo.
Los pasos exactos siguientes eran borrosos, para eso el alcohol. Pero lo besaría, aunque probablemente tendría que decir todavía algunas cosas más para relajarlo, irían a la cama y al día siguiente la rápida salida de Riquel contribuiría a acentuar en Carrasco el deseo de volver a verlo. Tehuacán y Puebla están muy cerca. Una relación viéndose cada fin de semana no cuenta como relación a distancia.
Recordaron las tardes estudiando para los exámenes orales, donde inexorablemente se volvieron amigos, por mediación de Gabriela. Luego las noches en que ya estudiaban ellos dos solos. Carrasco habló de su trabajo analizando el desempeño de los jugadores del Puebla y de los equipos contrincantes, de sus reuniones con el director técnico, pero aunque Riquel siempre lo escuchaba con atención sabía que de fútbol no entendía ni le interesaba. Recordaron las noches en Blush, luego en Bar 27, y la madrugada en que saltaron la valla para subir corriendo hasta la iglesia de la pirámide de Cholula. El párroco que los descubrió era lo suficientemente viejo como para nunca alcanzarlos, pero tuvieron miedo. En el grupo iba Inés, la niña con la que Carrasco quiso durante la mitad de la carrera. Salieron muchas veces, antes de que ella regresara a Oaxaca, pero nunca quiso acostarse con Carrasco, porque no eran novios.
Al final el sexo no es la gran mamada, dijo Riquel. Coges y ya, es como comer.
Para algunos no es así, respondió Carrasco.
Esa madrugada también estaba “El corredor”. Cuando terminó la huida pidieron un Uber, que dejó primero a Inés y a Riquel, porque vivían a tres cuadras.
A las doce de la noche Riquel se acordó de la clase de siete de la mañana en que conoció a Carrasco, y volvió a sentir las mismas ganas irrefrenables por acercarse a sus labios. Tenía al menos tres cubas encima, es cierto, pero Riquel no estaba dejándose llevar por la noche. Tenía un plan, que estaba saliendo bien, y las cubas eran parte crucial, porque de otra manera jamás le diría a Carrasco lo que sentía.
“Deberíamos liberarnos más”, soltó Riquel.
“¿Cómo?”.
“Estamos muy reprimidos”, continuó Riquel. “Nuestra sexualidad está muy limitada”. Volteó a ver hacia abajo, donde en algún momento estuvo la caseta de cobro a Atlixco, que desapareció luego de ser rebasada por los fraccionamientos de Lomas, y donde estuvo la lateral de la carretera, que fue un paso a Lomas de Angelópolis y ahora sólo el carril extremo de la Atlixcáyotl. Todos deberíamos experimentar con alguien del mismo sexo al menos una vez en la vida.
Carrasco mantuvo los ojos en las afueras del vidrio, con el horizonte, del otro lado de Puebla, donde un suave hilo dibuja el teleférico de Los Fuertes. Riquel siguió simulando indolencia, como si lo que hubiera dicho no tuviera ningún significado.
Hay que decirle a “El corredor” que venga, insistió Carrasco.
Riquel siempre tuvo claro que las niñas no le atraían, pero Carrasco lo dejó estar seguro de que le gustaban los hombres.
“¿No te darías a un hombre? Yo sí”, disparó Riquel.
Como Carrasco siguió cogitabundo, meciendo su vaso con la mano derecha, Riquel se sirvió otra cuba bien cargada que finiquitó en dos tragos.
“¿Para qué estamos aquí si nunca podemos hacer lo que queremos?”, continuó, “¿tienes vieja?”.
Carrasco movió en círculos el poco líquido que le quedaba, como si con ese movimiento sopesara la respuesta.
“No, mi rey, todo tranquilo”.
“¿Te estás dando a alguien?”.
“Todo sereno, todo sereno”.
La ilusión se apoderó de Riquel. Carrasco no tenía a nadie que pudiera interponerse en el camino. Ahora sólo le faltaba la soltura que da la seguridad. Ese era el papel del ron caro que llevó al departamento de Helea para impresionar a Carrasco.
Riquel se sirvió una cuba.
Parado frente al ventanal empezó a hablarle a Carrasco sobre lo duro que a veces resulta vivir.
Riquel se sirvió otra cuba.
Pensó que la clave sería saber algo íntimo de Carrasco.
Riquel se sirvió otra cuba.
Pero cómo saber algo íntimo de Carrasco si no contaba cosas íntimas.
Riquel se sirvió otra cuba.
Lo que había de hacer era elevar el nivel de confianza.
Riquel se sirvió más ron, pero desesperado por seguir el hilo de su pensamiento dejó de lado la coca.
Para elevar la confianza tenía que poner el ejemplo, ese era el elemento del plan que faltaba. Tenía que dar el primer paso.
Intentó hablar, pero dudó.
Riquel fue por un shot de ron para estar listo.
“Voy a hablarle a René”, dijo Carrasco.
Riquel apenas percibió la rareza que le causaba escuchar a Carrasco refiriéndose a “El corredor” por su nombre. Empezó a hablar cuando la llamada se fue a buzón, pero le costaba trabajo unir las palabras. Hizo un esfuerzo por dejar de pensar en las oraciones como unidades coherentes, y mejor verlas como yuxtaposiciones, de manera que estuviera poniendo palabras aisladas, eliminando el peso de confesión.
Riquel fue por otro shot, y Carrasco le dijo que esperara un poco antes de tomar más.
Se lo tomó sin pensarlo y prosiguió el lanzamiento de palabras.
Sintió que le faltaba más alcohol para terminar, pero Carrasco apareció, agarró la botella, y Riquel apenas pudo mantenerse en pie intentando quitársela.
A Riquel le pesaban los brazos, le ardían las palmas de las manos y sufría un toque en la esquina frontal izquierda de la cabeza, como el sonido que hace un dedo al tocar el cráneo cuando tenemos audífonos puestos. Fue al baño, vio papeles hechos bola saliéndose del pequeño bote de basura al lado del escusado, la tapa abajo, brisada de gotas amarillas, y un tapete originalmente blanco convirtiéndose en negro empezando por el borde. Usó un trozo de papel para levantar la tapa, orinó y se lavó las manos. Sentía el aliento pestilente. Para no tocar el lavabo, espolvoreado con vellos de dos milímetros recién caídos, tomó la pasta de dientes y se metió a la regadera.
Salió del baño con la sensación del calor veraniego penetrando por el inmenso ventanal sin cortina. Con prisa por no saber la hora, se vistió y fue al comedor guiado por la luz. Como no había nada en el refri se comió las últimas chips fuego que quedaban en la mesa, medio aguadas por tanta Salsa Valentina, y de la barra tomó un vaso, se sirvió agua e intentó acabársela de un trago. El sabor a alcohol combinado con refresco sin gas, desleído en agua, se juntaba para crear un aguachirle que en la mucosa de sus cachetes generó la reacción de un líquido caduco hace años. Riquel lo escupió en el mosaico beige y con la muñeca izquierda, limpiándose la boca, volvió a ver la barra: un trozo del vaso que Riquel tiró al jalonear a Carrasco para que le diera la botella que estaba ahí. La silla de la que se cayó Riquel cuando aseguró que ya estaba tranquilo seguía volcada sobre la pared. En el sillón seguía húmeda la mancha de los restos de cuba que Carrasco tiró cuando Riquel intentó, una vez más, obtener alcohol. En el fregadero se veía el lagrimeo del ron que Carrasco regó a propósito cuando Riquel, contumaz, peleaba por arrebatárselo, y del otro lado, entre la mesa y el ventanal, los restos de la botella de Zacapa que Riquel, cuando por fin logró conseguirla, vacía, rompió contra la pared. Ahí estaba también la violación a manos de su padre, que explotó junto con la botella; el desprecio de su madre, que se había acumulado en su garganta para salir por sus ojos, acompañado de un grito que se calmaba con el último tintineo de los retazos de vidrio en las junturas entre mosaicos.
Riquel había dado el primer paso. Pero Carrasco calló, ni siquiera pensativo, viendo las pupilas dilatadas de Riquel, expectantes. Riquel se aferró al cuello de botella en la mano derecha esperando que Carrasco emitiera cualquier sonido que llenara su parte del guion. Carrasco siguió viéndolo y Riquel supo que la escena tenía que continuar: con el cuello de la botella dejó ir su obsesión con Carrasco, y en los repiqueteos del vidrio contra el suelo repiqueteaban todas las tardes que Riquel lo recibió en su depa para explicarle a Carrasco algo que no entendía de la clase de Gómez Herrando, todas las veces que le invitó la comida, todas las veces en que le dijo que le prestaba en Bar 27 a la hora de pagar la cuenta, sin intención de cobrarle después, todas las veces que lo llevó al aeropuerto de Huejotzingo cuando iba a visitar a su familia a Cancún, todas las veces que se hizo amigo de una niña, como Inés, y consiguió que viniera con ellos a un precopeo para asegurar que Carrasco también vendría, sólo porque quería estar con él. El cuello de botella seguía quieto, contra la pata de la mesa, donde se detuvo cuando las palabras de Riquel dejaron de empujarlo, y en la comisura del respaldo con el asiento del sillón seguía la foto con la que Carrasco terminó su actuación. Con un fondo oscuro, Carrasco y “El corredor” hacían una mueca que contorsionaba sus labios, dejaba ver sus encías, y permitía que la punta de sus lenguas se tocara. Los ojos de ambos, casi totalmente cerrados por el flash, dejaban sentir el momento puerilmente juguetón del instante.
Hay entrenamiento a las ocho, voy a dormir. Ponle seguro a la puerta mañana cuando te vayas. Fue lo único que dijo Carrasco antes de cerrar su cuarto.
Riquel dio un paso para ver la fotografía de cerca, y lo último que recordó fue el crujir de los vidrios bajo el peso de su cuerpo, diciéndole que su esperanza estaba rota desde la madrugada en la pirámide de Cholula.
Volteó al ventanal, donde Puebla estaba extendida, diáfana, en la alegría mañanera del sábado despejado. Riquel reposó su frente sobre el vidrio curvo, extendió los brazos con los puños cerrados y permaneció viendo el ligero empañado que provocaba su aliento en el cristal. Luego extendió los dedos y con la mano izquierda notó algo de lo que no se percató la noche anterior. En el extremo el ventanal panorámico tenía una pequeña manilla que aseguraba una ventana. En la euforia del viernes a Riquel le pareció que no había aberturas. Movió la cremona, algo reticente, y empujó el vidrio hasta que cedió todo lo que podía. El inicio de la abertura le quedaba a la altura del hombro, pero de puntitas Riquel consiguió sacar el brazo izquierdo para medir si el espacio le alcanzaba a su cuerpo, mientras sentía el viento raudo erizando su piel.
Apartó la mesa, que hizo rodar el cuello de botella, jaló el sillón hasta que quedó pegado a la parte baja del ventanal, y sin percatarse de que la fotografía se hundía en la comisura del sillón por la retirada de su peso sobre el asiento, dejó un pie en la cima del respaldo y puso el derecho sobre el marco de la ventana. Pegó la cabeza contra el marco superior para ver la Atlixcáyotl: desde ahí se veía tranquila, como diciendo que todo en la vida es posible y el mundo un lugar amable al que venimos a disfrutarnos. Los coches pasaban con quemacocos abiertos dejando estelas de Bad Bunny. Hacia abajo, en línea recta, la redondez de los pisos inferiores le daba al tubo creado en la mirada una apariencia hipnótica. Riquel pegó las dos manos fuerte contra el techo del departamento, como columnas, y pasó el pie izquierdo al marco de la ventana. Algo fascinante tiene, pensó Riquel al dar un paso en el aire, algo en su modo giratorio, casi aerodinámico, que a veces parece hélice, a veces tornillo, otras ADN, pero ya aquí, volando, moviéndome con él, parece más una ola, o puro movimiento, sempiterno.




