La infancia es un mundo de maldad y venganza en el que todo está permitido. Un hecho tan secretamente intuido como negado, el nimio humano se esconde en la santidad concedida al niño para hacer lo que le plazca.
Sainab volteaba cada ciertos pasos, sin dejar de caminar. Al volver al frente, la jalaba de la mano intentando que cada paso cubriera más de cuatro hexágonos de adoquín rojo. El trayecto que era tan dócil a su bicicleta se tornaba lleno de piedritas y fracturas que lo hacían tropezar en las banquetas. La parte más difícil, por supuesto, sería pasar por el parque, a espaldas de la casa. En ese complejo tan callado, habitado por individuos sin fantasmas de comunidad amigable, esta tarde pequeña todos los papás habían decidido llegar temprano del trabajo y todas las señoras tenían cosas que hacer en sus terrazas y miraban por la ventana.
Que no hubiera una chacha cuidando a los niños de los Zamarripa en el trampolín había sido la primera señal buena. La ambulancia justo al final del parque, la segunda. El ventanal, recién limpiado, tenía la cortina arriba. Sainab se acercó al brincolín.
“Ven, abuela”, dijo ligeramente antes de subir.

Saltando no perdía de vista el ventanal ni los pasos de su abuela, que se entretenía oliendo las hojas de un ficus. Podía aparecer en este instante, saludar, observar durante varios minutos, pero igual de probable era que no. Sainab dudaba con brincos pronunciados si era momento de bajarse, y en el aire tasaba la diferencia entre la agitación causada por la actividad física y la que provoca la adrenalina.
“¿Me ayudas a levantarme, abuela?”, le preguntó, ya en el suelo, como si lo esperara. Enfocó la ventana para cerciorarse y se fue detrás de la ambulancia.
“¿Ya viste esa nube, abuela?”, preguntó Sainab con los brazos tiesos, cuando sentía que la sangre le bajaba al principio del dedo gordo y probaba a apretar cuidadosamente los nudillos para detenerla.
“¿Abuela?”
“Mmh”, emitió su boca, concentrada en simular el uso de un popote con los labios, y frotando con dos dedos el segundo de la otra mano.
“¿Te gusta esa nube?”, le preguntó señalando el cielo.
“¿Cuál?”, respondió ella, sin dejar de mirar el dedo que frotaba, como si hubiera que borrar una palabra errónea.
“Esa”, y enfatizó, “mira”. Ella apenas levantó la vista lo suficiente para alcanzar los autos estacionados del otro lado de la calle.
“Está bonita”
“Vente, abuela”, le dijo sin escucharla.
“Ven, abuela”, le decía con un tironcito de manos, pero en general era como si Sainab acarreara un carrito viejo de transporte en el que los niños ponen sus juguetes.
Sainab apretaba la mano derecha al inspeccionar el tramo recorrido, y conforme avanzaba se escondía en preguntar sobre las plantas o los coches. Su cabeza rozaba los pechos de ella, así que tenía que dar pasos extra para moverse al mismo ritmo. En uno de los penúltimos hogares en obra negra los albañiles se arreglaban el cabello con gel y se sacudían los zapatos de vestir negros, los pantalones de falsa mezclilla, llenos de prisa por ir con sus familias. Sainab ralentizó el paso, esperando un breve cruce de miradas que no ocurrió. La última residencia estaba tan sellada como siempre. Portón gris hasta abajo, cero ventanas a la vista, al menos dos rejas antes de la primera puerta. El único recuerdo de movimiento era de una de las vendimias de dulces, ¿quién había abierto la puerta? ¿Compraron? ¿Qué dijeron? Lo único divertido ahí eran las columnas de granito, formadas por medida, que pedían a alguien pasando de una a otra.
“Vente, abuelita”, le dijo Sainab, sucumbiendo finalmente a encajar las uñas en la palma. Los pies se hundían en ese pasto sin estaciones poblano, siempre medio seco, medio verde. Desde ese terreno que marcaba el final del reino de Sainab en un sentido, alguna vez pudo registrarse el surgimiento de la nueva ciudad: el colegio San Ángel, las canchas de fútbol, las nuevas construcciones de la Gobernadores, el edificio de platino sin terminar… hasta que construyeron la barda café, que también fue testimonio del crecimiento, el último, pues sólo permitía la entrada de algunos cláxones y gritos de niñas divirtiéndose en cualquier calle.
“Vente, abuelita”.
En el borde del terreno, una especie de semicírculo, el suelo se volvía una zanja que terminaba medio metro más abajo. Lo único que había cambiado desde que sustituyeron la valla por la pared era que estaba repleta de moronas de cemento y ladrillos que usaron para construirla. Sainab bajó a la zanja y la jaló de la mano para que viniera.
“No, ahí no”, dijo ella.
“Vente, abuelita”, y señalándole el delgado tronco —aún en pie— de un árbol que cortaron, volvió a jalarla. “Apóyate aquí, abue”. Sainab tuvo que jalar con más fuerza y guiar su otra mano al tronco para que le hiciera caso.
“Vente, abue, vamos a sentarnos”, le decía Sainab de frente a la pared, sentado en la pendiente, “vente, siéntate conmigo, abue”. Sus peticiones querían ser juguetonas.
“Abuela, abue….¡abuela!”.
“Mmh”.
“Vente, abue, siéntate aquí conmigo”.
Ella seguía soplando, con pasos cortitos, ocupada en sus manos.
“Vente, abue, vamos a sentarnos”. Al decirlo, Sainab estaba tomándola del antebrazo para girarla. La tomó por los hombros y empezó a empujar.
“Vamos a sentarnos aquí, abue, tantito”. Sus palabras contrastaban con el esfuerzo físico y las manos de ella, que esta vez se aferraban a él, al tiempo que sus labios se apretaban y doblaba las rodillas poco a poco.
“No”.
“Tranquila, así abuelita, tantito”, dijo satisfecho. Apenas ahora, Sainab parado de espaldas a la barda, y ella sentada frente a él, sus cabezas quedaban a la misma altura.
Sainab se agachó por unas ramitas secas y se las puso en la mano.
“Mira, abuelita, ¿ya las viste?”, le preguntó sin convicción, observando la calle pacífica por donde habían llegado.
“¿Sabes quién soy?”
“Mmh”.
“Abuela, ¿sabes quién soy?”, preguntó con vehemencia, levantándole la cara.
“Tú, tú eres”, contestó sin levantar la mirada, “tú eres el sobrino de….”, pero abandonó la frase.
Sainab sintió la confirmación, apretó la mano izquierda lo más fuerte que pudo, y arrojó la palma derecha, abierta, suelta, sobre la quijada de ella. Su cabeza se balanceó un segundo y sus ojos se abrieron, completitos, sobre él.
“¡¿Qué te pasa, cabrón?!”.
Sainab la había agarrado de las muñecas, e inclinaba el cuello hacia atrás para protegerse.
“¡Abuelita, tranquila!”, le dijo sin soltarla. Ella dejó de verlo luego de un momento y sus manos dejaron de resistirse, entonces la soltó. Al fin Sainab pudo respirar profundo.
“Cabrona tú”, le dijo. Y después de recoger una ramita: “A mí no me hablas así”.
Sainab checó la calle y volvió a pararse enfrente.
“Oye”, le dijo en tono de pregunta. Su soplido seguía el ritmo del aire y sus dedos no se cansaban de tallar.
“Oye”, repitió Sainab, levantándole la barbilla como antes. Ella siguió su cara con un movimiento raudo, y cuando lo ignoró la mano derecha de Sainab volvió a impactarla, pero cerrada, firme. Sus tacones bajos hicieron algo de polvo mientras intentaba levantarse y manotear a la cara de Sainab. Mientras, a Sainab le explotaban las pupilas, una culebrita le recorría el pecho, pero siguió apretándole las muñecas y puso un pie detrás con el talón pegado a la barda.
“Pendejo”.
Sus rodillas volvieron a doblarse y Sainab se hizo a un lado.
“Abuela”
“¡Abuela!”, le gritó Sainab.
“Mmh”, respondió ella sin voltear.
“Abuela, te estoy hablando”.
Sainab corroboró por última ocasión el vacío de la acera y se volvió a ella.
“Abuela, te estoy hablando”, le dijo mientras le apretaba la mandíbula. Haciéndose para atrás, los ojos de ella se cerraron y sus labios dejaron ver los dientes, algunos con bordes metálicos.
“Pendeja, pendeja eres tú”, y la soltó para volver a dejar ir su palma extendida, ya con seguridad y destreza, a la base de su rostro. Ella quiso incorporarse, pero Sainab ya no dudó, apretó justo donde se une el hueso del antebrazo con la mano y cuando se sentó sólo alcanzó a advertirle: “Vas a ver. Ahorita le voy a decir a tu mamá. Vas a ver…”.
Sainab se quedó un momento pensando en la marca roja en el cachete de ella y luego se puso a vagar por el terreno. Respiró hondo hasta que las cosquillas en las manos aminoraron para sentarse.
“Vente, abuelita, ya nos vamos”. Ella, sin dejar de mover los dedos, lo enfrentó con los ojos un segundo y volvió a lo suyo.
“Vente abuelita, ya vámonos”, le dijo Sainab tomando cuidadosamente su mano. “Apóyate otra vez en el tronco para pararte, abue”.
Uno apostaría que había pasado un minuto desde que las dos figuras, asimétricas, más que en estatura en preocupaciones, habían pasado por allí. Y sin embargo, el parque ahora era inofensivo para Sainab, que lo reclamaba como señor del fraccionamiento.
“¿Me quieres mucho, abuelita?”.
“No”.
“¿Por qué no, abuelita?”.
“No”.
“Pero ¿por qué no, abuelita?”.
“Porque me pegaste”.
“No, abuelita, yo te quiero mucho, no es cierto”, y entonces Sainab volvía a tomarla de la mano y caminaba a la mansión de los narcos y de regreso al parque, mostrándole un perro o llamando su atención sobre la palmera de los vecinos.
“Abuelita, ¿quién soy?”.
“¿Tú?”.
“Sí, yo abuelita, ¿quién soy?”.
“Pues mi hijo”.
“¿Y me quieres mucho?”.
“Sí, cómo no”, y Sainab supo que podían regresar a casa.




