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Columna: Orgullo y comunidad en el partido de la Noche de la Herencia Mexicana de los Medias Blancas de Chicago en medio de la represión migratoria

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Hay pocas cosas más americanas que el béisbol. Pero en la reciente Noche de la Herencia Mexicana del viernes en el Rate Field, fue algo más estratificado, más desafiante y profundamente conmovedor.

Entre el crujido de los bates y el rugido de la multitud, esta pequeña parte del South Side de Chicago parecía pertenecer, por completo, a su gente. A los vendedores gritando en español, a los niños con sus camisetas de los Medias Blancas, a los abuelos bailando al ritmo de los mariachis en las gradas. El olor a carne asada y el sonido de la banda que provenía del estacionamiento.

Todos estaban allí para ver béisbol y celebrar su cultura a pesar del nuevo miedo provocado por la represión de la inmigración en la ciudad de Chicago y sus alrededores.

En ese espacio, en un partido de los Medias Blancas contra los Reales de Kansas City, durante unas horas sagradas, la alegría rugió más fuerte que el miedo.

Sin duda, hoy en día pocos lugares son completamente seguros para los mexicanos. Muchos tienen ahora fuertes raíces en Chicago, sus familias son una mezcla de ciudadanos estadounidenses y seres queridos que carecen de un estatus legal permanente.

Eso significa que la mayoría de las veces, todo el mundo está en alerta máxima. Para muchos habitantes de Chicago, las deportaciones están empezando a golpear en casa. El miércoles pasado, unas 20 personas fueron detenidas por sorpresa en las oficinas del Programa de Supervisión Intensiva de Apelaciones de la agencia federal en Chicago. Ese mismo día se produjeron detenciones similares en Nueva York, San José y Birmingham.

A finales de semana se multiplicaron los informes de redadas en fábricas de los suburbios.

Por eso, para muchos resulta extraño, casi surrealista, celebrar estos días sus raíces en un escenario público.

En un país donde la retórica antiinmigrante ha vuelto a endurecerse, donde las redadas de deportación persiguen a las familias como sombras en los porches traseros y donde las políticas siguen deshumanizándose bajo el disfraz de “ley y orden”, mostrar orgullo puede parecer un acto de rebelión.

Aunque los Medias Blancas como organización se abstienen de hacer declaraciones políticas manifiestas, su compromiso es crear un entorno integrador y acogedor, declaró Sheena Quinn, vicepresidenta de relaciones públicas de los Medias Blancas.

Quinn dijo que noches como estas no se tratan de política, sino de comunidad: de asegurar que cada aficionado se sienta presente, valorado y celebrado.

“El equipo del pueblo”, como decía mi abuelo mexicano.

Hay una razón por la que estas noches importan. No son sólo marketing cultural o notas a pie de página para sentirse bien. Son santuarios necesarios, momentos de presencia sin complejos.

En una época en la que vecinos que carecen de estatus legal permanente están  desapareciendo de sus trabajos o de las audiencias de inmigración, en la que los titulares reducen a seres humanos a estadísticas o amenazas, ser visto y celebrado al aire libre de un estadio no es poca cosa.

Y lo bonito del béisbol es que ofrece algo parecido a la solidaridad, aunque sea tácita.

Puedes sentarte junto a alguien con quien jamás hablarías en la calle —un sureño de la vieja escuela, un universitario de primera generación, una abuela polaca, un padre mexicano con sus hijas— y durante nueve entradas, todos son solo fanáticos. El campo se vuelve neutral. Las banderas ondeantes —estadounidense y mexicana— nos recuerdan que la identidad no es binaria. Es compleja, a veces conflictiva, siempre rica.

Hay sanación en eso. Y esperanza.

Porque la alegría, frente al trauma, es una forma de resistencia. Celebrar tu cultura abiertamente, sin disculpas ni permiso, es en sí misma una forma de protesta. Y cuando una comunidad se reúne —no para lamentarse ni defenderse, sino para celebrar—, dice algo contundente: Seguimos aquí. Pertenecemos.

Así que sí, la noche terminó como cualquier otro partido. Se publicó el marcador final. Los Medias Blancas ganaron 7-2 y tuvieron un majestuoso espectáculo de fuegos artificiales con la canción “Volver, Volver” de Vicente Fernández de fondo.

Los aficionados se dirigieron a sus autos. Pero lo que perduraba no era solo una victoria o una derrota. Era una sensación de aliento colectivo: un recordatorio de que la alegría no es frívola. Es combustible. Es una armadura.

Y ante todo lo que este país sigue lanzando contra las comunidades inmigrantes, esa alegría bajo las luces del estadio podría ser lo más radical de todo.

Traducción por José Luis Sánchez Pando/TCA