El volumen de relatos A veces llovía en Chicago (Ediciones Vocesueltas/Libros Magenta, Chicago/México, 2011) del escritor mexicano Gerardo Cárdenas, residente en Chicago, fue declarado ganador, hace unos días del Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor a mejor libro de narrativa breve publicado en el continente en 2011 o 2012.
A continuación, algunos fragmentos del volumen, integrado por nueve relatos y prologado por el cuentista y novelista mexicano Jorge F. Hernández.
De Gallito Bravo
Segundo round
(campanilla)
Pos si tiene tiempo le cuento, patrón; porque es largo. Pos mire, yo me vine hace ya como diez años. Estaba bien chavo, directo de la colonia Buenos Aires, allá en el defe.
Nos cruzamos por Nogales. Estuvo duro. Éramos como veinte, y a Fínix llegamos nomás seis – entre los que se quedaron en el desierto, y los que agarró la migra. Y ahí empezó la cosa porque nos corretearon unos rancheros y nos habían arrinconado cerca de un arroyo. Y pos pa’ cuando llegaron los demás, dos de los rancheros ya me los había sonado y otros dos salieron corriendo.
Y ahí mi compa el Sebas les dijo: “este Luciano siempre fue bueno pa’ los madrazos”. ¿Va a querer salsa roja o verde, patrón?
De Cartas del Istmo
Secretos. Manhattan, junio de 1956.
— ¿Usted sabe de dónde vienen los secretos?– preguntó el hombre, que la miraba con intensidad detrás de sus diminutos espejuelos. Ante el silencio de ella, el sujeto bebió un largo trago de su gin ‘n tonic.
— No lo sé, cuénteme – respondió al fin Alice. Ella había accedido a la inusual cita, pero había exigido encontrarse con el extraño hombrecillo en el bar del Hotel Algonquin, un sitio donde la conocían bien y donde podía recibir rápidamente ayuda si las intenciones de su acompañante resultaban aviesas.
Pero el diminuto sujeto, que a duras penas llegaría al metro y 45 centímetros de estatura, difícilmente representaría un peligro para Alice – quien sin ser muy alta, lo era bastante más alta que su acompañante, delgada aún a sus 48 años, y acostumbrada a rivales de mayor porte.
— Los secretos surgen de cosas que están frente a nuestras narices, que son importantes para nosotros, pero que un día nos damos cuenta que tienen el poder de agitar las vidas de otros. Y ese día, esas cosas que pueden ser palabras, obras, un libro, unas cartas, una fotografía, ese día que nos damos cuenta de su valor, buscamos desesperadamente una caja, un baúl, a veces hasta un hoyo en la tierra para enterrarlas-dijo el hombre.
–¿Y el objetivo es que se queden enterradas?-preguntó ella.
— A veces sí, a veces no. Depende.
— ¿De qué depende?
— De cuanta gente se vea afectada.
De Nuestra Señora del Puente
Sólo dos cosas rompen la rutina. Los veranos en Chicago siempre rompen la rutina. Primavera y otoño siempre tienen el mismo tono simplón. La gente está de buen humor. El invierno es, como se sabe, largo y brutal. Pero es otra rutina que comienza con el bajón de temperaturas en noviembre, llega a su peor punto con las nevadas y las temperaturas salvajes de enero, y termina a mediados de abril, con las marejadas de lodo que cubren las calles y se acumulan en las esquinas.
Pero el verano es distinto. Un día puedes tener un calor de 100 grados y humedad insoportable, al otro día una tormenta eléctrica con tornados incluidos. Y luego puede llover por tres días sin parar. Cada día de verano es una sorpresa.
La otra cosa que rompe la rutina es lo que yo llamo mi búsqueda. Acabo, hace una semana, de volver de uno de los viajes provocados por mi búsqueda. Y de nuevo he vuelto con las manos vacías. Pero ya habrá tiempo de hablar de esto.
Mentí.
Hay una tercera cosa que rompe la rutina, o al menos la rompió hace seis meses, precisamente un día de verano. Todo el asunto duró cuatro o cinco meses. Yo no me di cuenta al principio, es de esas cosas que te enteras, pero no les das importancia.
De Ladysmith
Desde el momento en que descendió del autobús, Cecilia supo que había cometido un error. Una bofetada de aire frío le dio la bienvenida, en tanto las tinieblas de la calle, apenas reprimidas por las tímidas luces del alumbrado público y de unos cuantos y apartados negocios, la envolvieron haciendo destacar aún más su piel pálida y sus cabellos rubios. Le tomó un segundo decidir que lo mejor era volver a tomar el autobús, pero para entonces el 20 de la CTA ya había arrancado, dejándola con la única compañía del maltrecho mobiliario urbano de la parada.
Pero no estaba sola. Sus ojos, que se ajustaban rápidamente a la penumbra, comenzaron a discernir las figuras lejanas y tenebrosas de los otros, en su mayoría hombres, que la miraban desde las esquinas. Serían no más de una docena, ubicados en grupos pequeños, y al otro lado de la Madison. Pero la miraban fijamente y le hacían sentir, sin un gesto ni una palabra, el disgusto de su presencia.
“Soy presa fácil”, pensó Cecilia. Miró la señal de tránsito, a unos pasos de la parada, que marcaba la intersección como la esquina de Homan y Madison, en el barrio de Garfield Park. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó su celular. La pila se había descargado.
*Gerardo Cárdenas (Ciudad de México, 1962) es un escritor y periodista mexicano radicado en Oak Park. Además del libro de relatos A veces llovía en Chicago es autor del blog semanal En la Ciudad de los Vientos. Sus cuentos y poemas han sido publicados en antologías y medios impresos y electrónicos de México, varios países latinoamericanos, Estados Unidos y España. Su poemario En el país del silencio se encuentra en vías de publicación. En la actualidad prepara un segundo volumen de relatos y una novela. Es también director editorial de la revista cultural mensual contratiempo, publicada en Chicago.




