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Los procedimientos de rutina realizados para detectar el cáncer y otras enfermedades graves al principio de su progresión no eran una prioridad para los pacientes que navegaban por la pandemia.
Tero Vesalainen/Dreamstime/TNS
Los procedimientos de rutina realizados para detectar el cáncer y otras enfermedades graves al principio de su progresión no eran una prioridad para los pacientes que navegaban por la pandemia.
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El dolor de hombros y los mareos empezaron antes de la pandemia, pero Shane Hardin, de 46 años, no le dio mucha importancia.

Los dolores y molestias son propios de la edad, y el trabajo de Hardin en la construcción de viviendas puede ser agotador. La propagación del COVID-19 por el norte de Texas lo disuadió aún más de acudir a su médico de cabecera para una revisión.

Durante más de dos años, los pacientes como Hardin pospusieron las visitas rutinarias a las consultas médicas, mientras los consultorios cerraban para los casos que no eran de emergencia y la amenaza del coronavirus se cernía sobre ellos. Los médicos del norte de Texas afirman que podrían pasar años antes de que el sistema de salud vea los efectos completos —tanto físicos como económicos— del retraso en la atención.

Cuando Hardin se sentó en la consulta de un nuevo médico en septiembre, después de más de un año desde su último examen médico, se sorprendió de la severa advertencia: necesitaba ver a un cardiólogo, y rápido.

El médico “se mostró un poco incrédulo de que no me hubieran dicho antes que fuera a un cardiólogo”, dijo Hardin. Los antecedentes familiares de enfermedades cardíacas eran lo suficientemente preocupantes como para justificar una visita inmediata a un especialista.

Seis semanas más tarde, Hardin estaba en un quirófano para someterse a una cirugía de baipás quíntuple.

Hardin nunca sabrá si su enfermedad cardíaca se habría detectado en una revisión que se perdió en 2020 o a principios de 2021. Pero su historia se ajusta a una tendencia alarmante de problemas médicos detectados en etapas posteriores y más graves debido a la interrupción de la atención preventiva.

“Ahora estamos empezando a atender a los pacientes que llegan, con una mayor proporción de pacientes que tienen una etapa más avanzada de diagnóstico de cáncer”, dijo el doctor John Sweetenham, director asociado de asuntos clínicos en Harold C. Simmons Comprehensive Cancer Center en UT Southwestern.

Los procedimientos rutinarios que se hacen para detectar el cáncer y otras enfermedades graves en una fase temprana de su progresión no eran lo más importante para los pacientes que se enfrentaban a la pandemia. Por ejemplo, Simmons Comprehensive Cancer Center experimentó una disminución de casi el 20 por ciento en el número de personas que acudían al centro para hacerse mamografías, explicó Sweetenham.

Un estudio hecho en más de 358,000 pacientes de Ontario, Canadá, publicado en la Revista de la Red Nacional Integral del Cáncer (JNCCN), descubrió un descenso inmediato de la tasa promedio de cáncer al comienzo de la pandemia, pero eso no necesariamente es algo bueno. Los investigadores estimaron la presencia de 12,601 casos de cáncer que no se detectaron entre el 15 de marzo y el 26 de septiembre de 2020 en la zona de Ontario.

El tiempo es fundamental en el tratamiento de enfermedades graves. Ignorar los síntomas o las visitas preventivas rutinarias puede limitar las opciones de tratamiento a medida que la enfermedad avanza. “La mejor oportunidad de curar cualquier cáncer es cuando está en una fase muy temprana”, dijo Sweetenham. “Cada vez que la fase avanza, se pierde, en cierta medida, esa oportunidad de atención”.

La carga financiera

Aunque la mayoría de los consultorios médicos volvieron a abrir para las visitas no urgentes después de los primeros meses del coronavirus, algunos apenas están empezando a recuperar sus horarios anteriores a la pandemia.

La doctora Sheila Chhutani, ginecóloga y obstetra en Texas Health Resources, dijo que su consultorio reprogramó por primera vez las citas para las pruebas de Papanicolaou entre seis y ocho semanas en 2020, lo que se convirtió en una serie de interrupciones durante meses.

Las dificultades financieras relacionadas con la pandemia también sacaron a los pacientes de su horario habitual de atención médica. Algunos de los pacientes de Chhutani perdieron sus trabajos o fueron despedidos, lo que les ocasionó problemas económicos y, en ocasiones, la pérdida del seguro.

Una enfermedad más avanzada conlleva mayores costos, tanto para los pacientes como para los sistemas sanitarios. Un estudio de 2016 relacionado con pacientes con cáncer de mama publicado en American Health & Drug Benefits encontró que, en promedio, las compañías de seguros autorizaron costos por paciente de alrededor de 82,000 dólares en el primer año de tratamiento para pacientes con tumores en etapa I y II, en comparación con los casi 135,000 dólares para pacientes con tumores en etapa IV.

En Texas, que tiene la tasa más alta de personas sin seguro médico de todos los estados de Estados Unidos, los costos más elevados dejan a los pacientes expuestos a facturas que pueden alterar su vida. Incluso para los pacientes con seguro, dijo Sweetenham, los copagos pueden suponer una grave carga financiera.

Un estudio realizado en enero por The Commonwealth Fund, que apoya la investigación independiente de temas de atención médica, encontró que en 2020 los tejanos gastaron más del 14 por ciento de los ingresos promedio del estado —alrededor de 9,300 dólares— en contribuciones de primas y deducibles.

Barreras mentales y físicas

Además de posponer los exámenes preventivos, los médicos como Sweetenham notaron que, al comienzo de la pandemia, los pacientes eran menos propensos a acudir por enfermedades comunes. Los obstáculos mentales y físicos mantenían a algunos en casa.

Nicholas Saunders, de 24 años, dijo que antes de la pandemia iba al médico unas tres o cuatro veces al año para revisiones y visitas por enfermedad. El miedo a la exposición al COVID-19 le hacía dudar de si o no acudir a su médico de cabecera.

Durante los meses de encierro, “tuve enfermedades normales, como gripa y malestar estomacal”, dijo el estudiante de Collin College. “Podría haber ido a recibir tratamiento si no hubiera sido durante una pandemia, pero decidí no hacerlo e intenté cuidarme solo en casa”.

En Austin, Robin Orlowski, de 43 años, no pudo elegir si visitar a su neurólogo. Su epilepsia se controla con una medicación que requiere ajustes periódicos de la dosis en función de su peso, que no puede medirse durante una visita de telesalud.

Aunque estaba nerviosa por la posibilidad de exponerse al coronavirus en la consulta de su médico, su mayor obstáculo era encontrar el camino hasta allí. La ruta de autobús local de Orlowski redujo su frecuencia, dejándola con opciones limitadas.

“Tengo gente que puede llevarme, y normalmente fuera de una pandemia puedes depender de ellos”, dijo. “Pero viven en otras casas, y, como en una pandemia tienes que estar aislado de los demás, no podían venir a buscarme cuando el autobús no funcionaba de forma fiable”.

La mayoría de las ciudades y pueblos de Texas han vuelto a funcionar como antes de la pandemia, lo que facilita que personas como Orlowski puedan acudir a sus citas. La aplicación de las vacunas y los bajos recuentos actuales de casos por COVID-19 aliviaron los ánimos de personas como Saunders, quien en las últimas semanas procuró desenfrenadamente ponerse al día con las citas que había perdido.

Para aquellos que aún no han acudido a sus médicos y dentistas, no es demasiado tarde como para volver a un programa de atención sanitaria regular, dijo Sweetenham. Cuanto antes vuelvan los pacientes a sus revisiones rutinarias, mejor.

“Si has retrasado una revisión o si has pospuesto la comprobación de un síntoma o inidicio de algo, ahora es un buen momento para volver y hacerse esa prueba de detección”, dijo.