Más allá del terror generado por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, lo que más impactó al mundo fueron las miles de personas que murieron en las Torres Gemelas y a los vuelos comerciales que se estrellaron en el Pentágono y Pensilvania.
A 10 años de los atentados, la familia de Gregory Rodríguez es un fiel reflejo de la tragedia vivida.
Orlando, el padre de Gregory, nunca ha visitado el sitio en donde ahora se construye la nueva edificación en donde estuviera el World Trade Center.
“A veces estoy a una cuadra y no voy”, dijo el maestro del Departamento de Sociología de la Universidad Fordham en el Bronx.
“Nunca he ido a la Zona Cero. Se me hace antipático”, dijo Rodríguez, quien tampoco participa en ninguna ceremonia oficial y no planea hacerlo.
En cambio, cada 11 de septiembre, su familia y amigos más cercanos se reúnen en la tumba de su hijo y le rinden tributo.
“Llevamos una botella de ron o de whisky y brindamos por él, recordándolo”, expresó.
Greg tenía 31 años cuando murió. Aficionado al buceo, el menor de los dos hijos de Rodríguez y su esposa Phyllis, trabajaba para la firma financiera Cantor Fitzgerald, cuyas oficinas se ubicaban entre el piso 101 y 105 de una de las Torres Gemelas (entre 2 y 6 pisos arriba de la zona donde se impactó uno de los aviones el 9/11). Alrededor de 658 empleados de la compañía, incluyendo Greg, perecieron en el ataque, la mayor pérdida de cualquier empresa en esa tragedia.
Cuando murió, Greg llevaba un año de casado y tenía un hijo de 10 meses, de nombre Silvio, en honor al famoso músico cubano Silvio Rodríguez.
“Dejó una herencia muy bonita”, dijo.
El 11 de septiembre, Orlando se encontraba en su oficina cuando una secretaria le informó de los ataques.
“Vi por esa ventana una nube negra que se elevaba”, recordó.
Eso lo llenó de preocupación, pero después de saber que su hijo había dejado un mensaje en su casa diciendo que estaba bien, lo calmó de momento.
“Teníamos cierta esperanza de que había sobrevivido”, dijo su padre.
Pero con el desplome de las Torres Gemelas y el paso de las horas sin saber nada, esa esperanza empezó a desvanecerse. Dos días después, el jefe de la empresa para la que trabajaba su hijo confirmó el deceso.
Un año después, la policía les informó que habían encontrado restos de Greg.
“Los dividimos en dos partes. Una parte en ceniza y la llevamos a Miami, donde están enterrados muchos de nuestros familiares. La otra parte en White Plains, New York, donde vivimos”, dijo Rodríguez.
Rodríguez dijo que sigue tratando de entender lo que provocó el ataque terrorista.
“Mi hijo fue asesinado junto con al menos 3,000 personas más. Fue un atentado político de forma atroz y eso incrementó el drama del terrorismo”, dijo.
Un pacifista de toda la vida, Rodríguez también se molestó al saber que la muerte de su hijo y de miles más se utilizó para iniciar dos guerras en el Medio Oriente.
“Yo creo que una nación civilizada no ejerce venganza, debe ejercer justicia”, dijo. “No queríamos participar en esa venganza, por de ética y racionalidad política”.
Miembro del grupo “9/11 Families for Peaceful Tomorrows” (Familias del 9/11 para un Mañana Pacífico), Rodríguez dijo que la tragedia también ha impactado sus labores.
El criminólogo enseña a presos en cárceles de Nueva York, y cada semestre imparte una clase sobre Conflicto Global donde trata de influenciar a sus alumnos a buscar la resolución a través del diálogo y la paz y no la vía militar.
“Mi carrera profesional ha cambiado por la muerte de mi hijo”, dijo.
Sin embargo, para este padre, perdonar a los responsables no es una tarea sencilla.
“La reacción inicial es de rabia, se quiere castigar a la persona que hizo esto, pero después uno se pregunta por qué lo hizo y ya la idea de castigo se mezcla con deseos de reconciliarse con la persona”, dijo.
“La reconciliación es importante. Se puede reconciliar uno y aún no perdonar”.




