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Por Andrew Cawthorne y Carlos Garc -a

CARACAS (Reuters) – Entre l ¡pidas hechas a +/-icos, botellas de whisky vac -as y casquillos de bala, el centenario Cementerio del Sur de Caracas es un s -mbolo cada vez m ¡s ca ‘tico de la violencia criminal que devora a Venezuela.

Los sepultureros cuentan de ataques a los deudos por parte de hombres armados de los barrios bajos vecinos, de fiestas con drogas en las tumbas y de profanaciones nocturnas para robar huesos y usarlos en rituales.

Los cuerpos de v -ctimas asesinadas llegan todos los d -as, la mayor -a de ellas baleadas en luchas entre pandillas.

“La violencia ya es una moda en Venezuela. No s ‘lo la matanza, sino tambi (c)n como se comportan en los entierros y alrededor de las tumbas. Hay tanta gente muri (c)ndose sin raz ‘n, tantos j ‘venes”, dijo Oscar Arias, que ha cavado tumbas por 33 de sus 50 a +/-os de vida y hace poco enterr ‘ a su propio sobrino, que fue asesinado en una barriada cercana.

A Arias y a los otros 44 miembros de su cooperativa de sepultureros nunca les falta trabajo.

Ya sea con la tasa oficial nacional de 39 decesos por cada 100.000 habitantes registrada el a +/-o pasado, o con las cifras del grupo Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) que calculan el doble de muertes, Venezuela es una de las naciones con m ¡s homicidios del mundo, compitiendo con pa -ses plagados de pandillas como Honduras y El Salvador.

Caracas, una ciudad en permanente crispaci ‘n llena de armas, tiene una tasa de m ¡s de 100 muertes por cada 100.000 residentes, seg ?n la OVV. El Gobierno no publica cifras oficiales de la ciudad.

En comparaci ‘n, la tasa de Estados Unidos es hoy de alrededor de 4,7 muertes por cada 100.000.

Aunque ha sido un problema que lleva d (c)cadas en Venezuela, los robos armados, secuestros y asesinatos aumentaron durante el Gobierno del presidente Hugo Ch ¡vez (1999-2013), a ?n a pesar de sus generosos programas contra la pobreza. Hasta las cifras oficiales nacionales muestran que la tasa de asesinatos se duplic ‘ en ese per -odo.

Los cr -ticos culpan a un sistema judicial corrupto y disfuncional, desde las comisar -as hasta la Corte Suprema. Los “chavistas” culpan a la influencia de los “males capitalistas” como el narcotr ¡fico y los violentos programas televisivos de Estados Unidos.

Sea cual sea la causa, los venezolanos de todo el espectro pol -tico coinciden en que es su principal problema. Y ha sido uno de los factores que ha alimentado las recientes protestas pol -ticas y disturbios.

El sucesor de Ch ¡vez, Nicol ¡s Maduro, ha asegurado que es su prioridad para sus seis a +/-os de gobierno. ” ¡Bajen las armas! ¡Basta la violencia!”, repite con su vozarr ‘n en sus discursos.

“MAS ASESINATOS LOS FINES DE SEMANA”

Como sucede con los sepultureros, tampoco falta la demanda para empleados de funerarias, cinceladores de tumbas, vendedores de flores, gestores de permisos y una pl (c)tora de peque +/-os negocios en torno a la muerte.

“Los lunes siempre hay m ¡s trabajo porque los fines de semana matan m ¡s gente”, dijo Jhonny Aguilar, de 24 a +/-os, describiendo su trabajo mientras de hecho lo hac -a: levanta cuerpos de la morgue para lavarlos y vestirlos en la funeraria La Central en el oeste de Caracas.

Un piso m ¡s arriba y junto a un gigantesco horno en La Central, Giovanni Vespoli adhiere con calor fotos de los fallecidos en la cer ¡mica para usarlas en l ¡pidas de m ¡rmol, que se venden en un rango de 1.300-1.600 bol -vares (206-254 d ‘lares) cada una, en un pa -s donde muchos ganan el salario m -nimo de 3.300 bol -vares al mes.

“Tener un negocio de funeraria da mucho dinero. Hay muertos por ac ¡, muertos por all ¡, muertos en todos lados. La situaci ‘n est ¡ fuera de control”, dijo Vespoli, de 28 a +/-os, que puede llegar a adherir 90 im ¡genes en un d -a ajetreado.

Las clases altas y medias tienen tanto miedo al crimen que algunos barrios acomodados de Caracas parecen ciudades fantasmas a partir de las 8 de la noche. Los pocos veh -culos en las calles suelen ignorar los sem ¡foros para evitar que los roben, mientras amigos y parientes llaman o se mandan mensajes para confirmar que llegaron bien a casa.

Los “secuestros expr (c)s”, en los cuales las v -ctimas son retenidas por unas pocas horas mientras sus familias pagan un rescate o son forzadas a retirar todo el dinero posible de cajeros autom ¡ticos, son comunes.

Las embajadas y las empresas extranjeras en Venezuela desalientan que los expatriados con ni +/-os vengan al pa -s por los riesgos.

La escuela brit ¡nica en Caracas, por ejemplo, casi no tiene estudiantes ingleses. La mayor -a son de familias locales adineradas que suelen llevar a los ni +/-os en autos blindados con guardias.

Pero m ¡s afectados est ¡n los barrios pobres, donde la polic -a muchas veces ni se anima a entrar, donde reinan las pandillas, los asesinatos son rutina y las balas perdidas a veces cobran la vida de inocentes. Los padres temen cuando sus hijos juegan en la calle o van y vienen a la escuela.

EX REINA DE BELLEZA ASESINADA

El temor a los cr -menes violentos qued ‘ reflejado este a +/-o tras el asesinato de una popular ex reina de belleza y estrella de telenovelas, M ‘nica Spear.

Residente en Estados Unidos, Spear estaba de vacaciones junto a su hija en su natal Venezuela, seg ?n las fotograf -as aparecidas en las redes sociales que la mostraban feliz y orgullosa desde varios lugares tur -sticos.

Pero el descanso termin ‘ cuando delincuentes bloquearon y asaltaron su veh -culo en una carretera durante la noche. Spear y su esposo recibieron disparos frente a su peque +/-a hija, en un incidente que la convirti ‘ de la noche a la ma +/-ana en un s -mbolo nacional de las v -ctimas de la ola de criminalidad.

Adem ¡s de expresar la consternaci ‘n p ?blica, su muerte llev ‘ a Maduro y a su principal rival pol -tico, el l -der opositor Henrique Capriles, a estrecharse las manos en una reuni ‘n para abordar la delincuencia, en su primer encuentro cara a cara desde la dura campa +/-a electoral del a +/-o pasado.

La polic -a ha arrestado a cerca de media docena de hombres por los asesinatos. Al menos uno de ellos ten -a un historial de delitos violentos.

“La impunidad en el pa -s es tan grande que es absolutamente com ?n que un delincuente cometa el delito y sencillamente le pague al polic -a si es que lo detiene, o al fiscal, o al juez, o al carcelero”, dijo Roberto Brice +/-o Le ‘n, un acad (c)mico a cargo del OVV.

Seg ?n las cifras que maneja el grupo, el -ndice de homicidios ha subido desde alrededor de 19 por cada 100.000 personas en 1998 a cerca de 79 por cada 100.000 personas el a +/-o pasado -o casi 25.000 en total en el 2013- sin que se produjeran arrestos en el 90 por ciento de los casos.

El ministro del Interior, Miguel Rodr -guez Torres, un general de las Fuerzas Armadas que estuvo encarcelado junto a Ch ¡vez despu (c)s de un fallido golpe de Estado, dice que los datos del OVV est ¡n inflados.

Y asegura que la cifra de hecho baj ‘ en alrededor de un cuarto el a +/-o pasado a 39 asesinatos por cada 100.000 personas, desde el m ¡ximo de 52 en el 2012, gracias a una iniciativa contra la delincuencia del Gobierno llamada Plan Patria Segura que incluye el env -o de m ¡s soldados a las calles.

“No estamos contentos pero estamos optimistas”, dijo a Reuters en un nuevo centro de seguridad en Caracas donde los polic -as vigilaban las calles con c ¡maras e incluso con la ayuda de una peque +/-a aeronave no tripulada.

El funcionario acus ‘ al OVV, a los medios privados y a los pol -ticos de la oposici ‘n de intentar exacerbar la percepci ‘n de inseguridad en el pa -s y de inacci ‘n del Gobierno.

¿QUIEN TIENE LA CULPA?

M ¡s all ¡ del debate sobre las cifras, hay una gran divergencia de opiniones sobre las causas del crimen. Los “chavistas” apuntan a la pobreza y desigualdad que dicen marcaron cuatro d (c)cadas de gobiernos de partidos tradicionales antes de que llegara Ch ¡vez al poder.

Y aseguran que la relativamente exitosa pacificaci ‘n del conflicto en la vecina Colombia que involucr ‘ a la guerrilla y a paramilitares llev ‘ muchas armas del otro lado de la frontera y tambi (c)n experiencia criminal.

Pero los cr -ticos dicen que esos argumentos son cortinas de humo. Se preguntan por qu (c) aument ‘ el crimen si los niveles de pobreza cayeron dram ¡ticamente y el capitalismo perdi ‘ terreno bajo el mandato del socialista Ch ¡vez.

La oposici ‘n dice que el Gobierno es responsable de ser demasiado suave con la delincuencia, de haber politizado y corrompido instituciones como el sistema judicial y de glorificar la violencia en su discurso.

Se queja de que el lenguaje habitualmente belicoso de los l -deres del Gobierno, junto con la celebraci ‘n anual del intento de golpe de Estado de Ch ¡vez de 1992, son un respaldo impl -cito a la violencia.

“Es tan triste. Los j ‘venes crecen aqu – con motorizados armados como sus -dolos”, dijo Atilio Gonz ¡lez, un sacerdote de 60 a +/-os, cuyo rostro bronceado y actitud de mundo confirman los 24 a +/-os que ha pasado en el Cementerio del Sur.

En una caminata hasta un funeral en una abrasadora tarde, Gonz ¡lez sostuvo que las redadas al estilo brasile +/-o que algunos piden en las barriadas, aqu – no funcionar -an.

“Cuando Cristo predic ‘, se asegur ‘ primero que la gente tuviera pan que comer. Primero comida, techo, educaci ‘n, salud. luego valores”, argument ‘.

A pesar de la creciente demanda por sus servicios, las funerarias en Caracas no est ¡n contentas. Se quejan de la falta de respeto por los muertos, que muchos deudos beben, hacen fiestas y bromean junto a los ata ?des. Los empleados f ?nebres dicen que han ocurrido peleas, incluso tiroteos fatales, durante los velorios.

Algunas veces, pandillas motorizadas secuestran las carrozas f ?nebres que van a los cementerios, poniendo un arma en la sien de los choferes para obligarlo a dar una vuelta por el barrio con el ata ?d de un amigo a modo de ?ltimo adi ‘s.

Y despu (c)s est ¡ la dura realidad econ ‘mica venezolana.

El Gobierno busca limitar los precios para los servicios funerarios, la escasez de productos desde m ¡rmol hasta tornillos es generalizada y poca gente puede darse el lujo de exclusivos ata ?des y tumbas.

“Venezuela era un para -so cuando yo llegu (c)”, dijo Laudelino Morales, un inmigrante espa +/-ol de 76 a +/-os que ha pasado medio siglo cincelando l ¡pidas en su taller cubierto de polvo a la vuelta del Cementerio del Sur.

“Ahora es el desastre n ?mero uno. Esto es m ¡s que triste”.

(Reporte adicional de Daniel Wallis; Editado en espa +/-ol por Pablo Garibian y Silene Ram -rez)