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People walk, shop, and dine, on Park Avenue in Winter Park, on Wednesday, May 5, 2021. Florida Gov. Ron DeSantis wiped out all local COVID-related government restrictions Monday, including Orange County's public mask-wearing mandate, but facial coverings are still required in supermarkets, schools, hospitals, theme parks, government buildings and airports. Restaurants, bars and other businesses can still require patrons wear them – just as they require shirts and shoes.
(Ricardo Ramirez Buxeda/ Orlando Sentinel)
Ricardo Ramirez Buxeda/Orlando Sentinel
People walk, shop, and dine, on Park Avenue in Winter Park, on Wednesday, May 5, 2021. Florida Gov. Ron DeSantis wiped out all local COVID-related government restrictions Monday, including Orange County’s public mask-wearing mandate, but facial coverings are still required in supermarkets, schools, hospitals, theme parks, government buildings and airports. Restaurants, bars and other businesses can still require patrons wear them – just as they require shirts and shoes. (Ricardo Ramirez Buxeda/ Orlando Sentinel)
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El gobierno del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, trazó una estrategia para contener una variante del virus. Entonces apareció otra mucho más contagiosa.

Biden alcanzó esta semana -con un mes de retraso- su objetivo de que el 70% de los adultos de Estados Unidos hayan recibido al menos una dosis de vacuna contra el COVID-19. Concebido en principio como una afirmación de la resiliencia estadounidense para coincidir con el Día de la Independencia, el hito ofrecía ahora poco que celebrar.

Impulsados por la variante delta del virus, los nuevos contagios están en una media de más de 70.000 al día, por encima del pico del verano pasado cuando no había vacunas disponibles. Y los Centros de Control y Prevención de Enfermedades han sido criticados por expertos en la comunidad médica y científica por sus cambios de opinión sobre el uso de mascarillas.

Pero la variante delta no hace distinciones cuando se trata de política. Si la respuesta de Biden a la pandemia parece insuficiente, los gobernadores republicanos que se oponen a las medidas de precaución también se ven cuestionados. Ellos también contaban con que los casos cayeran. En lugar de eso, los pacientes sin vacunar abarrotan sus hospitales.

La estrategia de Biden logró conseguir vacunas más que suficientes para proteger el país, y para enviar 110 millones de dosis a otros países. Cuando el presidente fijó su objetivo de vacunación del 70% el 4 de mayo, Estados Unidos administraba unas 965.000 primeras dosis al día, más del doble de lo necesario para llegar al objetivo del 4 de julio.

Entonces empezaron a pasar cosas.

Aunque la Casa Blanca estaba al tanto de los sondeos sobre personas que se negaban o no estaban motivadas para vacunarse, las autoridades no esperaban que casi 90 millones de estadounidenses siguieran dando la espalda a unas vacunas que podrían salvar vidas y ofrecer una vía de vuelta a la normalidad. La difusión de desinformación sobre las vacunas permitió que se extendiera la sombra de la duda que ya existía en algunas comunidades, especialmente en estados de mayoría republicana.

Sin embargo, el 13 de mayo, cuando el CDC levantó su recomendación de que los adultos con la vacunación completa llevaran mascarilla en espacios cerrados, los principales indicadores seguían siendo positivos. La agencia dijo que las personas sin vacunar debían seguir llevando mascarilla y vacunarse pronto. Biden y la vicepresidenta, Kamala Harris, lo celebraron prescindiendo de las mascarillas para un paseo por el Jardín de Rosas de la Casa Blanca. En todo el país se extendieron las celebraciones a cafeterías, supermercados, terrazas de bares y restaurantes. La gente organizó bodas y festivales de música.