Por KRISTEN GELINEAU
HETAUDA, Nepal (AP) — Camina de un lado a otro junto a la carretera oscura en el centro de Nepal. La luz de los camiones que rugen al pasar basta para iluminar su rostro maquillado ante los hombres que llegan en rickshaws y motocicletas. Sabe que cada desconocido que paga por su cuerpo podría acabar con su vida. Pero también sabe que su dinero es lo único que evita su muerte.
Este lugar, lleno de envoltorios de preservativos y rodeado por la selva, le resulta familiar. Rubi Lama llegó aquí en su día, no como trabajadora sexual, sino como trabajadora humanitaria que ayudaba a trabajadoras sexuales.
Durante nueve años, Lama —que es transgénero— dedicó su vida a realizar labores de divulgación sobre el VIH en las comunidades marginadas de Nepal, incluidas las trabajadoras sexuales LGBTQ+ que esperan junto a esta carretera cada noche. Pero después de que Estados Unidos recortó el año pasado su financiación a la ayuda exterior, Lama y más de 280.000 cooperantes en todo el mundo se quedaron sin empleo.
Se ha escrito mucho sobre los efectos devastadores que los recortes en la ayuda exterior estadounidense han tenido en los millones de personas que antes se beneficiaban de esos fondos. Se sabe mucho menos sobre el impacto en quienes brindaban esa ayuda.
En el empobrecido Nepal, donde una cultura conservadora deja a las personas abiertamente trans con pocas opciones laborales legales, las repercusiones en la vida de los cooperantes fueron especialmente devastadoras. Hambrienta y asustada, Lama y alrededor de otros 100 trabajadores humanitarios LGBTQ+ que se quedaron sin empleo por los recortes han recurrido al trabajo sexual para sobrevivir, caminando por las calles junto a las mismas personas a las que antes lucharon tanto por ayudar.
Las implicaciones para la salud pública son enormes. Como los recortes estadounidenses también eliminaron el acceso a los medicamentos para la prevención del VIH en Nepal, los expertos en salud temen un aumento de su prevalencia entre las crecientes filas de trabajadoras sexuales, así como entre los miembros de la comunidad LGBTQ+.
Al borde de la carretera, la noche es una cacofonía de bocinazos estridentes y gritos de hombres ebrios. Lama, de 28 años, de voz suave y tímida, camina en silencio entre ellos, con una mezcla de desesperación y pavor. Más allá de su miedo al VIH está su miedo a la violencia, que ella y casi todos sus antiguos colegas que han salido a la calle han sufrido.
Daría cualquier cosa por volver a la organización sin fines de lucro donde antes cuidaba a los más vulnerables de la sociedad. Ahora es ella quien necesita cuidados, pero ya no queda nadie para brindárselos.
Son las 11 de la noche y hasta ahora ha tenido dos clientes, que pagaron tres dólares cada uno. El alquiler y la comida de este mes le costarán 80 dólares.
Y así, con su figura menuda casi engullida por las sombras, espera.
Vidas en juego
A solo unos minutos de allí, en la antigua oficina de Lama, pegatinas con el logotipo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) siguen en las computadoras portátiles que yacen sin uso sobre escritorios desocupados y en los contenedores de distribución de preservativos vacíos que acumulan polvo.
Es la sede de la ONG Friends Hetauda, antes financiada por USAID, que ofrecía pruebas de VIH, asesoramiento y servicios de prevención a la comunidad LGBTQ+ del centro de Nepal. Todo eso terminó en enero de 2025, cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, congeló la financiación de la agencia que en su día fue el principal donante mundial de asistencia humanitaria. Más tarde, disolvió el departamento tras calificarlo de despilfarro, aunque el país destinaba apenas el 1% de su presupuesto a la ayuda exterior.
En un comunicado a The Associated Press, el Departamento de Estado de Estados Unidos indicó que el gobierno de Trump había revitalizado sus programas de asistencia para centrarse en la eficiencia, la eficacia y la colaboración. Además, apuntó que Estados Unidos gasta más en asistencia sanitaria y humanitaria que cualquier otro país.
“El resto del mundo necesita contribuir más y compartir la carga”, afirmó el departamento.
De los más de 281.000 puestos de trabajo que desaparecieron debido al desmantelamiento de USAID, solo 23.000 eran estadounidenses, según Sadie Healy, directora de una consultoría en salud global y que ha estado siguiendo las pérdidas de empleo en todo el mundo. El resto estaban en el extranjero: muchos de ellos en manos de población local empobrecida que vive en zonas de conflicto o regiones económicamente deprimidas donde escasean otras opciones laborales.
Solo en Nepal, se estima que 35.000 trabajadores humanitarios perdieron sus empleos debido a los recortes de la agencia, apuntó Arjun Bhattarai, presidente de la Federación de ONGs de Nepal. Como el país ya enfrentaba un alto desempleo, las consecuencias fueron devastadoras.
La Blue Diamond Society, una organización paraguas para organizaciones no gubernamentales como la que empleaba a Lama, recibía el 85% de su financiación de USAID y contaba con personal compuesto en gran medida por personas de minorías de género y sexuales. Se desempeñaban como consejeros, asistentes de salud, recolectores de datos y trabajadores de divulgación. Gestionaban 20 clínicas en todo Nepal, donde distribuían medicación antirretroviral a personas con VIH junto con PrEP, un medicamento que toman las personas VIH negativas para prevenir la infección. Ofrecían pruebas gratuitas del virus, además de preservativos y lubricante, que reducen el riesgo de transmisión.
Los recortes cerraron los servicios de la sociedad, dejando a más de 1.200 usuarios sin acceso a la medicación PrEP y a 262 de los 350 empleados del grupo sin trabajo.
Fuera de las ONG, el trabajo legal para personas abiertamente transgénero en Nepal es prácticamente inexistente, afirma la directora ejecutiva Manisha Dhakal. Por eso, entre el 35% y el 45% del antiguo personal de la sociedad recurrió al trabajo sexual, explica.
Los riesgos son inmensos, dice, tanto para sus exempleados como para la población. Demasiado temerosas de la discriminación como para acudir a hospitales a por antirretrovirales, muchas personas trans han dejado de tomarlos, lo que incrementa significativamente su riesgo de transmisión. El lubricante y los preservativos son caros, así que algunas mantienen relaciones sexuales sin protección. Y la distribución de PrEP se ha suspendido para todos, excepto para mujeres embarazadas y en periodo de lactancia.
“Una decisión de un país poderoso y se recortan todos estos servicios”, sostiene Dhakal.
Está sentada en la sede de la asociación, ahora en silencio, con una estantería detrás llena de certificados enmarcados de USAID que elogiaban al colectivo por salvar vidas. Ahora, dice, esas vidas están en juego.
“La orden ejecutiva del gobierno de Trump hará que la gente muera”, advierte.
Sus temores son compartidos por el doctor Sarbesh Sharma, director del Centro Nacional de Control del SIDA y las ETS de Nepal. Virus como el VIH, advierte, no respetan fronteras.
“Las fronteras son para los humanos”, explica. “Tenemos muchos trabajadores migrantes, tenemos muchos estudiantes en el extranjero, tenemos una frontera abierta con India. Así que esto no solo es una preocupación de Nepal, puede convertirse en una preocupación global”.
Como resultado de la caída de la ayuda global, las pruebas de VIH disminuyeron un 22% en países con altas tasas de infección, mientras que la financiación para preservativos se recortó en más del 90% en algunos lugares, según datos publicados en junio por la agencia de Naciones Unidas que combate el VIH.
Las 15 cooperantes convertidas en trabajadoras sexuales entrevistadas por la AP reconocen los riesgos. Una de ellas, que es VIH positiva, cuenta que vive con miedo de transmitir la enfermedad, pero aun así sale a la calle casi todas las noches para evitar morirse de hambre.
La mayoría pasó meses intentando encontrar otros trabajos, y con frecuencia eran rechazadas en cuanto los empleadores se daban cuenta de que eran personas trans. Muchas se han visto obligadas a tener relaciones sexuales sin protección con clientes. Casi todas han sufrido violencia, incluyendo violaciones grupales.
Ninguna ve una salida.
Aashika Tamang, que pasó 16 años trabajando en prevención del VIH, añora los días en que colaboraba con voluntarios y trabajadores sociales. Ahora, dice, sufre abusos al menos una vez por semana y en gran medida se relaciona con adictos.
Hay un choque surrealista cuando se topa con trabajadoras sexuales que antes acudían a ella en busca de ayuda.
“Antes las veía durante el día”, cuenta. “Ahora las veo durante la noche”.
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Este reporte se financió con una subvención del Pulitzer Center. The Associated Press es responsable de todo el contenido.
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Trabajo sexual o morir de hambre
En su primera noche como trabajadora sexual, Lama se sentó en su apartamento, paralizada por la indecisión y el miedo. Tenía el maquillaje puesto y la peluca colocada, pero su mente estaba en crisis.
¿Cómo había llegado hasta aquí?
Inteligente y cariñosa, con una sonrisa amable y unos suaves ojos marrones detrás de unas gafas, ella —como la mayoría de sus antiguos colegas— había enfrentado muchos obstáculos en su camino hacia el trabajo humanitario. Criada por una familia conservadora en medio de una pobreza asfixiante, pasó su infancia vendiendo huevos en el mercado local para pagar sus primeros años de escuela, donde un maestro abusó sexualmente de ella.
Lama terminó la secundaria gracias a una beca del gobierno para estudiantes pobres. Luego estudió educación en una universidad, pero no pudo acabar por el acoso de profesores y compañeros.
Su salvación llegó en 2016, cuando fue reclutada por Friends Hetauda, que lleva el nombre de la ciudad industrial de tránsito donde tiene su sede. Lama localizaba, asesoraba y realizaba pruebas a quienes tenían alto riesgo de VIH, incluidas las trabajadoras sexuales que atienden a un flujo constante de viajeros.
Su padre, furioso por su trabajo y su identidad de género, la echó de casa. Pero Lama había encontrado su vocación: sabía que estaba salvando vidas. Una serie de ascensos terminaron por brindarle un salario de alrededor de 30.000 rupias nepalíes (200 dólares) al mes, suficiente para alquilar un apartamento de una sola habitación.
Y entonces, un día de febrero de 2025, entró en su oficina y se encontró con el coordinador de Friends Hetauda, Kiran Thapa. El financiamiento del grupo se había acabado, le dijo. Los recortes de ayuda de Estados Unidos dejaron a Lama y a otros 13 de sus 17 empleados sin trabajo.
Lama estaba aterrorizada. No podía volver a casa, su padre lo había dejado claro. ¿Cómo iba a sobrevivir?
En los meses siguientes, observó con preocupación cómo empeoraba la salud mental de sus compañeras y cómo cada vez más personas daban positivo en las pruebas de VIH.
Solicitó empleos en el gobierno local que al principio le dijeron que tenía asegurados, solo para ser rechazada cuando se presentaba en persona. El gerente de un hotel le ofreció un puesto como limpiadora y luego le agarró los pechos durante una sesión de capacitación. El trabajo era suyo, le dijo, pero solo si mantenía relaciones sexuales con él y sus amigos. Lama se negó y fue despedida.
Empezó a saltarse comidas y ya no podía permitirse ni las medicinas ni el alquiler. Su casero amenazó con echarla.
Y así comenzó a hablar con sus antiguas colegas sobre sus nuevos roles en la industria del sexo. De los 14 empleados de Friends Hetauda que perdieron sus trabajos, entre 8 y 10 pasaron al trabajo sexual, según Thapa.
Lama comprendió que era eso o morir de hambre. Sabía adónde ir: el lugar oscuro junto a la carretera donde antes había hecho pruebas de VIH a trabajadoras sexuales y a sus clientes.
Durante dos noches, se mantuvo al margen y observó. En su tercera noche, se propuso conseguir un cliente. Empezó a arreglarse alrededor de las 8 de la noche, poniéndose el maquillaje y la peluca, junto con una kurta blanca tradicional y mallas rojas. A las 9 daba el perfil, pero no lo sentía.
Y así se quedó sentada, paralizada, en su apartamento.
A las 11:30, se obligó a bajar a la carretera. Tras dos horas, se le acercó el primer hombre. “¿Quieres ir?”, preguntó. Ella no quería, pero se subió a su motocicleta de todos modos, después de que él prometiera pagarle 1.000 rupias (6,50 dólares).
En la casa del hombre, estaba muerta de miedo. “¿Por qué tengo que hacer esto?”, pensó. “¿De verdad este es mi camino?”
Cuando terminó, él le pagó menos de lo acordado —solo 700 rupias (4,50 dólares)— y la dejó en la carretera.
De vuelta en casa, se quitó el maquillaje y se metió en la cama. Pero el sueño no llegaba.
Atrapada por la ansiedad, su cuerpo se calentó y sus pensamientos se oscurecieron. Pensó en la muerte y en si sería la alternativa más compasiva.
Pensó también en su antiguo empleo. Ese trabajo había sido el propósito de su vida.
¿Cuál era su propósito ahora?
Aterrorizadas y traumatizadas
En los callejones sin luz, las selvas densas y las casas privadas donde las trabajadoras atienden a sus clientes, la seguridad no existe.
“Todas mis amigas trabajadoras sexuales, incluida yo misma, que estamos en esta profesión somos víctimas de violencia”, afirma Lama.
Irónicamente, cuentan, son sus habilidades de persuasión y su conocimiento de los riesgos —destrezas perfeccionadas en sus funciones de asesoramiento y divulgación— las que a veces las salvan.
La formación de Lama la ayudó a mantenerse aparentemente tranquila la noche en que un hombre le sacó un cuchillo, se lo puso en la garganta y amenazó con cortarla si no tenía sexo con él. Ganó tiempo diciéndole que correría el riesgo de contagiarse de VIH si la violaba, dada la cantidad de clientes que había tenido. Luego lo empujó y corrió a un baño cerca de una gasolinera, donde se escondió hasta que sus amigos la rescataron.
A unas horas en coche hacia el norte, en la capital, Katmandú, Sujata Chaudhary recurre con frecuencia a sus 11 años de trabajo en prevención del VIH para explicar los peligros del sexo sin protección a clientes que intentan imponerlo. A veces, dice, los hombres ceden. A veces no. Como consecuencia, contrajo sífilis.
Una noche, logró con argucias salir de una casa donde dos hombres amenazaban con soltar a sus perros grandes contra ella. Otra noche, se enfrentó a varios policías que la habían golpeado con sus porras mientras ella estaba cerca de un vendedor de té, apelando a su conocimiento de la ley para plantarles cara.
Pero a menudo es imposible frenar los abusos. Una vez, dos hombres recogieron a Chaudhary y a una amiga y las llevaron contra su voluntad a un hostal a una hora de distancia, donde esperaban más de una docena de hombres. Chaudhary, delgada y sensible, con un tatuaje en el brazo que dice “Aama” (madre) en honor a la mujer a la que compara con Dios, no pudo contra ellos. Les suplicó que pararan, pero fue violada por al menos ocho hombres. Finalmente las dejaron marchar, y tuvieron que caminar durante horas de regreso al pueblo.
Ahora se niega a ir a las casas de los clientes o a habitaciones de hotel. Pero tiene que seguir trabajando. Su padre murió hace años, por lo que su familia depende de sus ingresos. No puede reunir el valor para contarles, incluida a su aama, cómo los obtiene.
Barsha Magar, que trabajó en Friends Hetauda durante 16 años como educadora, divulgadora y recolectora de datos, temía que la mataran cuando pasó al trabajo sexual. Dos meses después, estuvo a punto de ocurrirle. Dos soldados que al principio parecían amables la llevaron a la selva, la encañonaron y la violaron mientras le tapaban la boca para ahogar sus gritos.
Se seca las lágrimas al recordar el terror de aquella noche. Durante dos semanas, estuvo demasiado traumatizada como para volver a la calle.
Para Bharati Thapa, ex supervisora de campo y educadora par de Friends Hetauda, la violencia empezó la primera noche que se paró junto a la carretera. Dos turistas indios la recogieron y la llevaron a una casa de huéspedes, donde esperaban otros ocho hombres, todos borrachos. Fue agredida físicamente y violada antes de huir, con la ropa rasgada, el cuerpo cubierto de arañazos y gritando para que un guardia la dejara salir por las puertas cerradas con llave.
Una noche reciente, se sienta en la oficina a oscuras de Friends Hetauda.
“Mi vida corre peligro ahora”, dice en voz baja. “Temo contraer VIH e infecciones de transmisión sexual. Temo que los clientes me golpeen y me acosen. Temo que la policía me lleve por la noche. ¿Cómo no voy a tener miedo? Hay peligro por todas partes”.
Sin salida
De vuelta al borde de la carretera, Lama ha conseguido otro cliente y ha desaparecido en la oscuridad.
Es viernes, la noche de más actividad de la semana. Alrededor de la 1 de la madrugada, llega la policía, blandiendo porras largas. Las trabajadoras sexuales se dispersan, incluida Lama. Es hora de irse a casa, dice. Ha ganado un total de 1.600 rupias (10,50 dólares) con cinco clientes. Es una recaudación relativamente buena, a veces vuelve a casa sin nada.
“Desearía que fuera justo”, dice. “Desearía poder vivir con mi identidad. Desearía poder caminar de la manera que me hace feliz. Sé lo que está bien y lo que está mal. Soy consciente del camino que estoy tomando”.
Pero sin una nueva fuente de financiamiento, afirma, no hay manera de salir de este camino. Y así, aquí es donde volverá, noche tras noche, para pararse junto a las mujeres que una vez intentó salvar, en un intento por salvarse a sí misma.
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El periodista Tulsi Rauniyar contribuyó a este despacho.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.













