Por Yara Bayoumy
ALEPO, Siria, 30 dic (Reuters) – Una mezquita del siglo XIII est ¡ cerrada,
su tambaleante minarete golpeado por un proyectil en la base. Los
francotiradores disparan desde nidos situados en lo alto de los inmensos muros
de piedra de la ciudadela, por donde han pasado tropas griegas, romanas,
bizantinas, ¡rabes y turcas a lo largo de la historia.
Hasta hace unos meses, la ciudad vieja de Alepo era un museo viviente y un
lugar lleno de vida, donde los tenderos del zoco regateaban el precio de sus
especias, libros y jabones de aceite de oliva bajo balcones de hierro forjado y
ventanas con celos -as de madera.
Alepo es la ciudad m ¡s grande de Siria y su n ?cleo econ ‘mico. Su casco
antiguo, con elevadas fortificaciones construidas durante la dinast -a medieval
de Saladino tras sus victoria en el siglo XII sobre los cruzados, est ¡ declarado
patrimonio de la humanidad por la UNESCO.
Hoy es una zona de guerra y ruinas. L ¡minas de hierro retorcidas agujereadas
por disparos cubren callejones cerrados y los puestos de los mercados est ¡n
quemados o destrozados. Los combatientes rebeldes serpentean por la zona en
coches con m ?sica revolucionaria a todo volumen.
“La Vieja Alepo fue la base de este mundo”, dijo Haj Amer, propietario de
una imprenta en el viejo bazar. “Lo que realmente nos duele es la destrucci ‘n de
las mezquitas”.
“En esta zona est ¡n mis ra -ces, mi vida desde 1975”, a +/-adi ‘. “Siempre me
quedar (c)”.
La guerra civil siria ha costado la vida a unas 44.000 personas y ha
desplazado a otro medio mill ‘n de sus hogares. Lleg ‘ con toda su crudeza a Alepo
hace seis meses y, aunque a estas alturas los rebeldes controlan la mayor parte
de la ciudad, algunas zonas siguen siendo un campo de batalla.
Las autoridades de la ONU que declararon patrimonio de la humanidad la Vieja
Alepo han catalogado algunas de las maravillas que pueden encontrarse aqu -.
“El palacio real del siglo XIII, con su porche de entrada plagado de finos
ornamentos, est ¡ adornado con incrustaciones de m ¡rmol blanco”, escribieron.
“La sala del trono, construida en el periodo mameluco (siglos XV y XVI) ha
sido elegantemente restaurada: artistas y artesanos sirios han recreado el
lujoso escenario de la corte – los techos con sus vigas y artesonados,
iluminaci ‘n, ventanas y columnas policromadas – todo ello, un homenaje a su
talento. Hay unos 200 minaretes, algunos gruesos como torres defensivas, otros
delgados como agujas”.
LA VENGANZA DE AL ASAD
Durante un paseo por el casco antiguo, los vecinos muestran los da +/-os y
cuentan su propio drama.
En la mezquita Al Uthmaniya hay un amplio boquete en una c ?pula de 1728. En
los suelos de cemento est ¡n las marcas dejadas por un proyectil y la cristalera
que decoraba los altos arcos de entrada a la sala de oraci ‘n est ¡ despedazada.
“En esta mezquita no hab -a hombres armados”, dijo Abu Mohammed, un vecino de
70 a +/-os vestido con ropas tradicionales que suele rezar aqu -.
“Hace dos semanas, est ¡bamos saliendo de los rezos de la tarde cuando un
proyectil explot ‘ en el patio”.
M ¡s all ¡, en unos ba +/-os de la (c)poca otomana, bulliciosos antes de la guerra,
el hedor h ?medo de una piscina abandonada llena el aire de las salas abovedadas
de piedra subterr ¡neas.
Un ob ?s atraves ‘ la b ‘veda del patio interior y pedazos de vidrio de
distintos colores se esparcen en torno a una fuente. Faroles de hierro forjado
descansan en el suelo. Una m ¡quina expendedora vac -a se levanta junto a
estanques de m ¡rmol y mosaicos cer ¡micos de colores.
La gente ha comenzado a regresar lentamente a las ruinas de la ciudad vieja.
“Regresamos porque no ten -amos otro lugar al que ir”, dijo Riham, de 12
a +/-os, que acompa +/-a a su abuela por un callej ‘n empedrado de camino a una
cl -nica. “Ya ni reconocemos los callejones”.
En el bazar, unos pocos puestos est ¡n abiertos vendiendo dulces y agua
embotellada. Los hombres beben t (c) en la puerta de los talleres.
“Bashar el Asad destruy ‘ las mezquitas y el viejo zoco, uno de los zocos m ¡s
antiguos del mundo”, dijo Abu Othman, un combatiente de la brigada al-Tawheed
del Ej (c)rcito Libre de Siria, que vest -a el uniforme verde de la milicia.
“No hemos tenido agua corriente ni electricidad en dos meses”, dijo. “Es
como si este hombre estuviera enemistado con las ruinas: con los zocos y las
mezquitas. E incluso con los vendedores. Porque no alabaron su represi ‘n, se
est ¡ vengando quemando todas sus propiedades”.
(Traducido por Pablo Rodero)




