CIUDAD DE MÉXICO –
Sebastián Marroquín dice que a su padre sólo se parece en la papada. Pero, al verlo con detenimiento, es fácil ver cómo empiezan a dibujarse en su rostro las facciones de Pablo Escobar, el mayor narcotraficante colombiano. Tal vez por eso mantiene corto el cabello, que amenaza con ensortijarse, y prefiere no dejarse crecer el bigote. Además de la genética, Juan Pablo Escobar Henao (su verdadero nombre) heredó de su padre, no los millones de pesos de su fortuna, sino un peso muy grande sobre sus espaldas, con el cual lidia todos los días.
¿Qué pregunta estás harto de que te hagan?
¿Dónde está el dinero?
Has dicho que se lo quedó la familia de tu padre y el gobierno colombiano.
El gobierno, los enemigos, los gastos de mi padre en la guerra, la corrupción, la violencia que se generó. Nadie hace esas cosas gratis. Hay todo un capítulo en mi primer libro sobre dónde quedó el dinero.
¿Qué piensas de que los narcos son los nuevos rockstars?
No me opongo a que se cuenten historias relacionadas con el narcotráfico, pero sí a que se cuenten glorificando la actividad criminal. Tristemente así es como más éxito obtienen estos proyectos, como el caso de Narcos en Netflix; y de El Patrón del Mal, de Caracol Televisión.
¿Has visto alguna narcoserie?
Sí, claro. Vi El Patrón del Mal, Narcos, algo de La Reina del Sur… pero veo que no son fieles a la verdad, que se inventan cosas sobre mi familia, sobre mi padre, sobre hechos incluso que son verificables y te das cuenta de que en la serie los muestran como no ocurrieron. Eso no contribuye a que se deje el verdadero mensaje que nos debe quedar como sociedad después de haber atravesado por estas experiencias.
¿A qué te refieres?
El fenómeno de estas series lo puedo medir cuando, inmediatamente después de que sale Narcos, recibo centenares de mensajes de todas partes del planeta, desde Nepal hasta Australia, y me dicen: “Quiero ser narco, quiero ser como tu papá”. Me mandan mensajes de audio, imitando su voz con la frase “plata o plomo”.
¿Qué sientes al ver a la gente así, tan confundida?
Las memorias están para no repetirlas, de ninguna manera estamos en favor de la glorificación de esa actividad. Por eso mi trabajo hoy en día, principalmente en México, pero también en España, en Latinoamérica, es llevar ese mensaje y mostrarles a los chicos que no es una buena idea tomar ese camino.
¿Alguien recibe regalías por el uso del nombre de tu padre?
Nadie. Todo el mundo lo usa y a mí me llegan los problemas. Yo no recibo por ninguna serie, por ningún producto relacionado con mi padre… ni permiso me piden.
¿Por qué no lo haces marca registrada?
En algunos países consideran que eso es apología del delito. Sin embargo, todos hacen apología y solamente a la familia es a la que le caen los reclamos. A Netflix nadie le reclama nada, a nosotros sí, todo. Y ellos glorifican la violencia, nosotros buscamos generar conciencia.
Un padre criminal
A los 7 años, Juan Pablo se enteró por su propio padre que era un delincuente. Le contaba de sus crímenes, de sus asesinatos, de todo lo relativo al negocio. Sus niñeras, dice, fueron los peores bandidos de Colombia.
¿Por qué no seguiste el camino del crimen?
Si sumamos las páginas de los libros que he publicado, son 700 páginas de razones por las cuales elegí no repetir la historia de mi padre. Fui muy consciente de la violencia que generaba mi padre, pero sobre todo de las consecuencias. Cada vez que mi padre ejercía violencia contra alguien, recibíamos una respuesta más violenta. Vi que ningún narco se jubiló, ninguno se retiró, todos terminaron muertos o en la cárcel o con sus familiares desaparecidos.
O muy ricos.
O muy ricos, pero como nos pasó a nosotros: Llenos de dinero en efectivo, pero pasando hambre. El valor del dinero es relativo en esas circunstancias tan extremas. Es fácil querer ser narco si la vida es como en las narcoseries. La realidad es que mientras más poder tuvo mi padre y mientras más dinero acumuló, más obligado a vivir como pobre estuvo, para poderse cuidar y sobrevivir. Tener esa enorme cantidad de dinero a la larga termina condenándote.
¿Qué heridas cargas en tu vida diaria?
Son las de la guerra, las de los familiares desaparecidos, las de tantas víctimas que causó mi padre y de las que, en consecuencia, recibimos nosotros, esas son las heridas que quedan. Han ido con el tiempo a través de los procesos de reconciliación, de paz, de diálogos que he realizado con familias de víctimas de mi padre, como también sus peores enemigos.
¿Has perdonado a tu padre?
Yo no tengo por qué perdonarlo, no soy su juez, no soy quién para condenarlo. Como hijo, soy parte de sus afectos más importantes. Las discusiones que tuve sobre su violencia se las dije de frente, le manifesté en vida mi rechazo, mi oposición a la violencia que ejercía. No tengo pendientes con él.
En el nuevo libro hablas sobre las relaciones políticas de tu padre, con agencias de justicia. ¿El peor error que cometió Pablo Escobar fue querer entrar a la política?
Sin duda. Mi padre quiso entrar a una mafia mucho más grande que la que él ya dirigía. Y mejor organizada. El crimen desorganizado es el que dirigía mi padre y el organizado el que dirige la política.
Era muy popular entonces.
Por el carisma que tenía y por la gran ayuda que le dio el pueblo en esos momentos, los años 80; tuvo una enorme popularidad que despertó los celos de muchos políticos. Mi padre cometió el error de quererse hacer de más poder. Ya tenía un enorme poder económico y militar, pero quiso obtener el poder político y eso le causó todos los problemas.
Entiendo que no tienes visa para Estados Unidos.
Y no voy a tener después del segundo libro, ni hasta la próxima vida.
¿Te hacen pagar por lo que tú no hiciste?
Es increíble, pero sí. Incluso está la propia ley de Estados Unidos, si eres familiar de narcotraficantes eres casi un narcotraficante. No hay distinción, no se te reconoce como individuo, todos saben que yo nunca me he dedicado al narcotráfico. Pude dedicarme a eso, pero no lo hice.
¿Alguna vez sentiste miedo a morir?
Muchas veces. Esa fue una constante en nuestra vida. La última vez fue cuando fui al Cartel de Cali a una reunión en la que me dijeron que me iban a matar.
¿Qué edad tenías?
Tenía 16 años. Llegué 24 horas antes de la reunión por si me querían matar antes.
¿Qué pensabas en ese momento?
Llega un momento en que dices: “¿Me quieren muerto?, yo no voy a correr. Que lo hagan de una vez y así terminamos el trámite”. Estábamos en un proceso de negociación con el Cártel de Cali, nosotros, lo que quedaba de la familia de Pablo Escobar, y el resto del Cártel de Medellín. La guerra había llegado a su fin con la muerte de mi padre y en esas negociaciones se discutía si yo viviría o no. La decisión era que yo no podía vivir. Fui porque me dijeron: “ya estás muerto. La única chance que tienes de salir con vida es si vas a la reunión en la que te van a matar”.
¿Y cómo los convenciste de que era en serio tu oferta de paz?
Ellos sabían que yo era un niño, tenía 16 años y mi madre puso como garantía su vida de que yo nunca me saldría del camino y me mantendría siempre como un hombre de paz.
¿De qué vives?
Soy arquitecto, soy diseñador industrial, soy además conferencista y escritor. Vivo de una combinación de todas estas actividades.
¿No te gustaría dedicarte a otra cosa? A algo que no te recordara todo el tiempo a tu padre y a lo que viviste de niño.
Aunque yo no lo recuerde, me lo recuerdan por todos lados. Prendo el televisor y veo a mi padre, cambio de canal y están hablando de él. De hecho, nunca lo he tratado de evitar: Asumo la responsabilidad moral por los actos criminales que él cometió y me he acercado con mucho respeto a víctimas para generar un proceso genuino de reconciliación, de perdón y de sanación. Esta historia se puede utilizar para bien, a mí no me cuesta enfrentarla porque es mi propia historia y no tengo opción, no tengo alternativa.
¿Vas a terapia?
Nunca fui.
¿Por qué?
Porque, con respeto por la profesión, no creo que en los libros de psicología haya historias como las que yo he vivido. Entonces, no voy para no enloquecer al psicólogo.
¿Cómo saliste adelante? ¿Quién te ayudó?
El amor siempre fue fundamental. El amor que recibí de mi padre y de mi madre me terminó formando como una persona muy diferente a la que probablemente pude haber sido. Yo me crié con bandidos, los peores bandidos de Colombia fueron mis niñeras, es un milagro que esté con vida. Pero también es un milagro que no me haya convertido en un bandido.
Si pudieras viajar en el tiempo, ¿qué le pedirías a Pablo Escobar?
Que hiciera uso de su inteligencia para el bien. Fue un hombre que tuvo una gran capacidad y astucia para sortear problemas enormes con mucho éxito; y me parece que desaprovechó su inteligencia utilizándola para el camino del crimen. Creo que hubiese sido más exitoso todavía si se hubiese dedicado a una actividad legal.
¿Es cierto que planeaba secuestrar a Michael Jackson?
Sí.
¿Para qué?
Por la plata. Mi padre veía oportunidad de sacarle plata a cualquiera y no dudaba. Era un hombre decididamente ambicioso. Yo fui el que le pidió que trajéramos a Michael Jackson para nuestras fiestas, porque, pues, estaba cansado de ver a los grupos locales y, además, había el presupuesto para traerlo porque el dinero en ese momento no era un problema.
¿Cuánto cobraba?
Te diría que, si cobraba un millón de dólares o 10, había con qué pagarlos. Mi padre aceptó traerlo e inmediatamente después dijo: “Listo, lo traemos y lo invitamos a que se quede, después del concierto, a dormir aquí (en la Hacienda Nápoles)”. Y yo le dije: “Pues yo me imagino que se querrá ir inmediatamente después”. Y entonces me contestó: “Pues si se quiere ir, le voy a cobrar 60 millones de dólares. Eso vale su ticket de salida de la hacienda”.
¿Qué es peor, un narcotraficante o un político?
¡Uy! Se parecen mucho.
¿Qué piensas cuando escuchas la palabra “droga”?
Pienso en que el café fue considerado una droga y lo tengo en las manos. Pienso en que el alcohol también es una droga y murieron muchos en la década de los años 30 del siglo pasado por la guerra contra el alcohol. Vemos cómo el prohibicionismo ha empoderado a todas esas estructuras delincuenciales y tuvimos historias como las de mi padre, repitiendo justamente ese círculo de violencia que surge de la prohibición.
¿Es momento de replantear la guerra contra las drogas?
Es momento de declararle la paz a las drogas, porque este cuento de declararle la guerra es justamente la garantía de que resurjan sistemáticamente personas como mi padre, con la capacidad económica y militar de desafiar y de arrinconar a cualquier democracia. Ya llevamos 100 años demostrándonos a nosotros mismos como humanidad que la guerra contra las drogas para lo único que sirve es para empoderar esas organizaciones.
En México uno de los mayores temores es que el narcotráfico intervenga en las elecciones.
Difícilmente encontremos un país en el que el narcotráfico no haya tenido que ver con la política, así como no creo que encontremos hoy un país en el mundo que pueda declararse libre de drogas, o una ciudad, o incluso un pueblo pequeño.
Un padre amoroso
Sus hijos eran la debilidad de Pablo Escobar. Hay una foto que es legendaria: El capo abraza a su hijo, sonriente, parados frente a la Casa Blanca, en un franco desafío a las autoridades norteamericanas.
¿Qué te diferencia de tu padre?
A pesar de que llevamos el mismo ADN, estoy utilizando esa fuerza y esa energía, pero para la paz y para el bien. El ejercicio de la violencia trajo consecuencias terribles.
¿Y en qué te pareces a él?
En la papada. Jajajaja.
¿Alguna vez te has dejado el bigote?
Ojalá me creciera.
¿Fuiste educado con amor?
Totalmente. Lo único que nunca faltó en mi casa fue amor. Así me educó mi padre, así me educó mi madre, en un contexto contradictorio porque, por supuesto, tuve un padre que me inculcaba valores, me decía que tenía que decir gracias, que tenía que decir por favor, que me regañaba si no lo hacía. Y, sin embargo, cuando cruzaba la puerta no tenía problema en mandar a matar a los que fuera. Entonces, está esa contradicción, pero dentro de la figura del padre del hogar, mi padre es intachable en ese papel de su vida.
¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu padre?
El mismo día que murió, 10 minutos antes, por teléfono.
¿Qué te dijo?
“Ahorita te llamo”.
¿Tu padre fue el patrón del mal o simplemente fue un hombre de negocios?
Mi padre fue un capo de la droga.
¿Y para ti que fue?
Mi padre.
CINCO DATOS
-Nació en Medellín, en 1977. A los 16 años, tras la muerte de su padre, tuvo que cambiar de nombre al de Juan Sebastián Marroquín Santos y se fue a vivir con su familia a Argentina.
-Su primer libro, “Pablo Escobar, mi padre” (Planeta, 2014) ha sido traducido a 14 idiomas y lleva más de 200 mil ejemplares vendidos.
-Acaba de publicar su segundo libro, “Pablo Escobar, in fraganti”, donde reproduce diálogos con víctimas, socios, amigos y enemigos de su padre.
-En el documental “Pecados de mi padre” (2010) pidió perdón a las víctimas de la violencia del narcotráfico.
-Recorre diversos países latinoamericanos dando pláticas a jóvenes, empresarios y público en general. Sobre esas conferencias, dice: “La gente piensa que va a ir a ver Narcos II, pero se lleva un mensaje que no esperaba”.




