
Capítulo 18 y último
La alarma sonó y las ventanas se cerraron con barras de acero que impidieron el escape, el doctor J entró por la puerta y con un control remoto apagó a Nely.
Nora y Reinaldo se quedaron pasmados porque creyeron que todo estaba perdido, luego Nely se levantó del suelo y un fuego púrpura iluminó todo su cuerpo. El doctor J retrocedió, pero Nely ya lo había alcanzado. Con una mano, a lo lejos, lo tiró contra una pared y con su toque característico lo dejó dormido.
Nely se había vuelto más fuerte, sus sentimientos humanos desarrollaron también en su cuerpo un sistema de alto voltaje. Se convirtió en un arma, una que salvaría a los tres humanos más poderosos del mundo: Nora, Reinaldo y Eugenia.
Nely dejó caer la luz púrpura que salía de su mano, pero en medio de aquel manto como de fuego cósmico, miró a Nora para indicarle que siguiera sus pasos. La puerta estaba abierta y le pidió que se quedara detrás de ella.
Los humanos de las batas blancas llegaron; y uno a uno fueron cayendo con la luz que les lanzaba Nely. Los tres cruzaron los pasillos llenos de cuerpos forzados a dormir. Nora pensó en un campo de sueños que, en su crueldad, despertaba un mundo donde ella y Nely podrían estar juntas.
Durante todo el trayecto Nely se sintió segura, la poseyó una fuerza vital que le recorría todo el cuerpo. Nada podría pararla, incluso aunque más tarde la destruyeran o la desconectaran. Sabía que había probado que tenía la fuerza y la libertad para matarlos a todos y al no hacerlo, le mostró al mundo que ella valía, que podía vivir en el mismo planeta que los humanos y que logró crear su propia alma.
—¡Están dormidos! —exclamó Reinaldo.
—Dormirán hasta que el sueño toque nuestra libertad — dijo Nely.
La danza del sueño continuó hasta que llegaron a la sala donde estaba Eugenia. Nely derribó la puerta como si fuera de papel. Entraron los tres a la sala, se pararon frente a una celda donde observaron a una mujer con bata azul. Su cabello era rizado y dorado, su piel era morena aunque jamás veía el sol. La mujer volteó a verlos y con aquellos ojos verdes y las pecas de su madre. Reinaldo la reconoció y comenzó a llorar, Nora lo consoló.
Nely, con más humanidad corriendo por su cuerpo, no entendió la reacción de Reinaldo, pero se acercó a la celda y calentó el sensor hasta que la puerta se abrió. Eugenia se acercó a Nely y le tocó la cara con sus manos, como si aquel fuego púrpura no la quemara, todos la observaron asustados, pero ella mantuvo la calma en el rostro y las mejillas, luego vio a Reinaldo trémulo en llanto y se acercó para consolarlo, pero al tocarlo, todas las imágenes de su vida pasada la inundaron. Vio a su madre que bailaba en la sala con un vestido de flores azules y un listón rojo como cinto, la observó regar sus plantas, esas matas verdes que sólo sobrevivían en la sombra. Pudo reconocer el rostro de Reinaldo, más joven y con una sonrisa clavada al ver a aquella diosa vestida de azul alimentar a las plantas. Ella recordó su propio rostro en el espejo del baño y mientras lo hacía tocó su cara. Volvió su vista a Reinaldo y supo que era su padre, le costó poder reconocerlo porque la vida le había marcado el semblante con tristezas. Ella miró a su padre y se tumbó frente a él, tocó su rostro y cerró los ojos.
—Todo está bien papá, ya estás aquí.
—Perdóname hija.
—¿Por qué?
—Por tardar tanto en llegar. Porque tu madre está muerta. Todo es mi culpa.
—Todos estamos muertos, sólo tenemos diferentes fechas de expiración —contestó Eugenia.
Reinaldo lloró con más intensidad y con gritos ahogados abrazó a su hija, quien no sabía cómo corresponder a aquel acto.
Nora los tomó a ambos y les dijo que tenían que irse. Reinaldo y Eugenia caminaron tomados de los brazos y Nora experimentó un sentimiento de alivio pero de dolor, al pensar en sus padres.
Los cuatro se dirigieron a la sala de naves y transportes donde los esperaban Agate y Akar.
—Por fin los conozco —dijo Nora.
—También he escuchado hablar de ti —dijo Akar.
Eugenia se acercó y tocó la mano de Agate, quien estaba un poco inquieta y asustada.
—Tú vas a cambiar este mundo, pero también te irás, no es aquí, no es allá. Será otro tiempo. —dijo Eugenia.
Agate permaneció inmóvil y supo que a veces las palabras de un médium son como metáforas o analogías.
—¿Sabes a dónde iré? —dijo Agate.
—A un lugar que está aquí, pero no es esto. Un velo nos separa. Tú querrás ir a otro tiempo, pero ese tiempo no existe. Tú lo vas a crear.
Agate quedó sorprendida, sabía que su experimento con la máquina del tiempo había logrado avances, pero también temía que al viajar al futuro algo saliera mal.
La alarma del salón de viajes comenzó a sonar y Akar encendió la nave que llevaría a los cuatro directo a ARTMA.
Se acercó a Nora para despedirse y le dijo que cuando llegaran, los estaría esperando el JOREM X y él los llevaría al refugio para los humanos, donde ellos creían que estaban sus padres. Akar fue tras Agate y los dos desaparecieron en el pasillo de salida.
Eugenia y Reinaldo subieron a la nave tomándose las manos, como si el mundo apenas comenzara para ellos. Nora subió y se paró en la puerta para observar a Nely cómo cargaba la máquina con sus manos. Nely empezó a subir los escalones y cuando pudo sentir su libertad, el doctor J apareció en la entrada de la sala y trató de cerrar las compuertas de escape.
Nely observó a Nora y con una mirada firme bajó las escaleras y cerró la puerta de la nave. Nora se quedó viéndola mientras Reinaldo gritaba dentro de la nave al ver que las puertas de escape se cerraban. El doctor J le dijo a Nely que ni toda la fuerza de su cuerpo podría desbaratar aquella puerta. Nely corrió hacía él y lo aventó con todo su poder contra una pared, el doctor J quedó tendido, con sangre en la cabeza y sin ser capaz de levantarse, así que pudo observar cómo Nely se acercaba a las puertas de escape y las derretía con sus manos. El metal comenzó a destruirse, pero necesitaba más tiempo para deshacer el acero que las formaba: un compuesto encontrado en ARTMA.
Nely sabía que necesitaba más fuerza, más calor; y al aumentar aquel fuego y presión, su sistema le dijo que parara o entraría en autodestrucción. Nely imaginó que al explotar su cuerpo las puertas se destruirían y aquella fuerza sería suficiente para arrancar la máquina principal de la nave.
Observó a Nora envuelta en un fuego púrpura que poco a poco destruyó su cuerpo, luego vio al horizonte que podía vislumbrar en el agujero que había hecho.
Con una mano tocó la nave que se encendió al instante, con la otra fijó su fuerza en la puerta que estaba a medio derretir.
El motor de la nave tomó más potencia y Reinaldo, al ver que Nora no seguía las instrucciones de despegue, presionó el botón del viaje que configuró Akar para ir directo a ARTMA. Nora estaba desesperada, corrió a la ventana y vio cómo Nely desaparecía poco a poco. Se sintió devorada por un dolor profundo, como cuando le quitaron la venda en el hospital para observar que ya no tenía ojo.
El fuego subió por el cuerpo de Nely, logró sentir lágrimas que corrían por sus mejillas, era la primera vez que lloraba de verdad; y su cuerpo, aunque nunca se había sentido tan vivo, le gritaba que era su fin.
La puerta estaba casi en su punto máximo de apertura y Nely observó el ocaso que se posaba frente al horizonte que la envolvía. Pensó en los ojos de Nora y en los colores: rosa, rojo y morado, que le regalaron ese atardecer, el último que vería.
Nely explotó y aquella fuerza emitió un sonido que llegó hasta dentro de la nave. Aquel sonido era como un concierto de orcas en agonía. La nave despegó y el manto de auroras que dejó el cuerpo de Nely, extinto y consumido por el fuego, eran del mismo tono que el atardecer.
Nora sintió que su pecho se abría como si un rayo la hubiera atravesado y la partiera en dos. Eugenia y Reinaldo se acercaron a ella y la abrazaron, porque en esa nave todos sabían lo que era la pérdida.
Cuando llegaron a ARTMA, los esperaba un mundo limpio y transparente; vivo, a pesar del incendio que había dejado Nely. Los brazos abiertos de los padres de Nora. Un refugio contra el mundo. Una morada en la que ningún humano quería vivir, pero que era un sueño JOREM.
Nora sintió que ya no vivía completa. Seguía viva a pesar del vacío. Cada partícula de esperanza desearía y soñaría, pero ese dolor punzante la perseguiría, la mordería como liebre volcánica; maldita e infernal. Entendería, algún día, que el precio de haber sido iluminada con la luz púrpura de Nely, era portar la mirada rota por siempre.
FIN
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Daniela Villarreal Grave es una escritora mexicana nacida en Nayarit. Es licenciada en Medios Audiovisuales por la UABC




