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De izquierda a derecha, Zammo Marza, Sherineh Marza, Charli Kanoun y Abdo Marza, arrodillados en la tumba de Marza Marza en Saarlouis, Alemania, el lunes 7 de noviembre de 2016. La familia Marza estaba entre los 226 cristianos asirios capturados por el grupo Estado Islámico en un ataque de febrero de 2015 contra sus pueblos en el valle del río Khabur, en Siria. Liberar a los rehenes llevó un año, y sólo después de que murieran tres personas y se reunieran millones de dólares de la diáspora asiria en todo el mundo para pagar a los milicianos. Al final, la región de Khabur ha quedado desierta de esta pequeña y centenaria comunidad. (AP Foto/Michael Probst)
Michael Probst / AP
De izquierda a derecha, Zammo Marza, Sherineh Marza, Charli Kanoun y Abdo Marza, arrodillados en la tumba de Marza Marza en Saarlouis, Alemania, el lunes 7 de noviembre de 2016. La familia Marza estaba entre los 226 cristianos asirios capturados por el grupo Estado Islámico en un ataque de febrero de 2015 contra sus pueblos en el valle del río Khabur, en Siria. Liberar a los rehenes llevó un año, y sólo después de que murieran tres personas y se reunieran millones de dólares de la diáspora asiria en todo el mundo para pagar a los milicianos. Al final, la región de Khabur ha quedado desierta de esta pequeña y centenaria comunidad. (AP Foto/Michael Probst)
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SAARLOUIS, Alemania (AP) – En el corazón de Siria, un obispo trabajó en secreto para salvar la vida de 226 personas de su congregación retenidas por el grupo Estado Islámico. Para comprar su libertad, el religioso reunió millones de dólares de su comunidad en todo el mundo.

Los cristianos asirios fueron capturados en el valle del río Khabur, en el norte de Siria, uno de los últimos bastiones de una menguante minoría que se ha visto perseguida en Oriente Medio durante generaciones. El 23 de febrero de 2015, combatientes de la milicia racial atacaron a la vez 35 pueblos cristianos, llevándose a decenas de personas.

Pasó más de un año, y los asesinatos grabados en video de tres cautivos, hasta que todos los demás fueron liberados.

Pagar rescates es ilegal en Estados Unidos y en la mayor parte de Occidente, y la idea de pagar a los milicianos radicales plantea dilemas morales, incluso para los que no vieron más alternativa.

“Lo ves desde el punto de vista moral y lo entiendo. Si les damos dinero sólo les estamos alimentando, y van a matar utilizando ese dinero”, dijo Aneki Nissan, que ayudó a recaudar fondos en Canadá. Sin embargo, señaló, había más de 200 vidas en juego y “para nosotros, somos una minoría tan pequeña que tenemos que ayudarnos unos a otros”.

Las familias de Khabur pueden trazar su historia hasta los primeros días de la cristiandad. Incluso hoy, hablan un dialecto del arameo, que se cree era la lengua nativa de Jesús.

Cuando los pueblos fueron atacados, los vecinos que huyeron llamaron a primos, hijos o amigos, a asirios que habían abandonado la región en migraciones a Occidente. En el caso, nadie estaba seguro de cuántas personas habían sido capturadas, pero todos estaban seguros de que iban a morir.

En la primera semana quedó claro que el grupo EI tenía otros planes.

La milicia extremista dijo a los 17 hombres capturados de un pueblo, Tal Goran, que podrían ser libres, pero con una condición. Cuatro mujeres permanecerían retenidas y uno de los hombres debía entregar un mensaje a su obispo en la localidad de Hassakeh, a unas 40 millas de distancia, y regresar con una respuesta. Los extremistas exigieron 50.000 dólares por persona para entregar a todo el grupo.

Abdo Marza aceptó a regañadientes. Su hija de seis años era una de las cautivas.

El obispo, Mar Afram Athneil, tardó tres días en tomar una decisión mientras consultaba con miembros de la Iglesia en todo el mundo sobre qué hacer. Después le dio a Marza un sobre cerrado sin explicación.

Cuando Marza entregó el sobre, el extremista del grupo EI sonrió. “Tu obispo es un hombre muy inteligente”, dijo. Y así, su hija y tres mujeres ancianas fueron liberadas.

Athneil inició las negociaciones secretas por los demás cautivos.

En california, el cineasta asirio Sargon Saadi empacó su equipo, confiando descubrir qué había ocurrido con los pueblos de Khabur. Los encontró casi desiertos.

“No sabíamos por qué se los habían llevado, no sabíamos a dónde se los habían llevado, qué querían hacer con ellos”, dijo Saadi.

Cuando circularon las noticias sobre el rescate, el precio era abrumador. La demanda inicial de 50.000 dólares por persona implicaba más de 11 millones de dólares por los cautivos que conservaba.

“No hay una forma fácil de darles dinero. Es muy peligroso, también es ilegal en muchos países”, dijo Saadi.

Las peticiones de donaciones se difundieron en medios sociales. En Alemania, el empresario asirio Charli Kanoun convenció al gobierno para que aceptara a los rehenes de Tal Goran y empezó a recaudar fondos para los demás. A las afueras de Londres, Andy Darmoo también recaudaba dinero mientras dirigía su negocio de lámparas.

El 26 de mayo fueron liberadas dos mujeres. El 16 de junio se liberó a un hombre. El 11 de agosto, 22 personas más quedaron libres. Muchos en la diáspora confiaban en que la odisea estuviera a punto de terminar.

Entonces, en septiembre de 2015 apareció el video que mostraba cómo tres hombres de Khabur, vestidos de naranja, morían baleados.

“Cuando ocurrió eso, todo el mundo se volvió loco y el dinero empezó a llegar volando de todas partes”, dijo Saadi. “Los asirios no tienen un ejército que vaya a rescatarlos. No tienen equipos de policía de asalto, no tienen fuerzas especiales. La única opción que tienen es pagar rescate”.